Ofrecida a la Virgen

Entre rezos a la Virgen de la Concepción, el esmero de la abuela y las cataplasmas calientitas de mentol alcanforado que le ponían por las noches en la espalda, Mariíta fue mejorando a lo que el médico diagnosticó con pesar como tos ferina o mal de coqueluche.

El abuelo era un hombre de pocos rezos. Su temperamento pragmático lo había vuelto a lo largo de la vida en un hombre práctico, de pocas palabras, y sobre todo, de ir al grano, por lo cual, durante la gravedad de su hija se le atragantaron los rezos largos y alambicados y se dedicó a recitar jaculatorias, las marianas, implorándole a la Virgen de San Francisco, a la Purísima de aretes de oro, que con el corazón en la mano le rogaba por la salud de su niña: “Virgen María… Ruega por ella”. “Madre de Misericordia… Ruega por ella, repetía una y otra vez.

Tuvieron que pasar cuarenta días para que los terribles ataques de tos, seguidos del aullido jadeante de lobo de estas fiebres fueran cediendo hasta hacerse menos frecuentes. Sobre todo durante la noche, cuando el sereno se apoderaba de las tejas del techo y de las paredes de adobe y la niña sentía en sus pulmones la humedad y el frío de la noche.

Cuando le comenzaba la tosecita de chucho, el abuelo se tapaba los oídos con sus dedos índices y comenzaba el rezo de las tres letanías que repetía como loro caminando con pasotes de gigante por el corredor de piso colorado, recordándole a la Virgen, una y otra vez, que si su hija se salvaba, la vestirían en su honor y por un año completo, de celeste y blanco .

Ya más recuperada, el médico ordenó que Mariíta tomara baños de sol durante las mañanas. En el patio de las azaleas acomodaron el sofacito de mimbre de color verde menta, y a las diez en punto la niña salía de su cuarto como espanto, enrollada en muchos ponchos, a asolearse en la hora en que el clima se ponía más benigno.

Comía como pajarito. En la noche, puré de manzana con pera; sopa de trocitos de papa en el almuerzo y agua de cebada para refrescarse los pulmones. Y cuando salía al patio a tomar el sol, sorbía pequeños traguitos atolados de Fosfatina Falieres, bebida chocolatada y energética venida de ultramar.

Cuando la niña insistió en ir a visitar al loro Copérnico al segundo patio, la abuela se puso feliz por la mejoría, pero no se lo comentó a Dámaso para que siguiera rezando. Pensó que ya era hora de sacar la máquina Singer y comenzar la tarea de confeccionar los vestiditos de Mariíta, blancos con celeste y de monjita, como le habían prometido a la Virgen.

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Author: Maria Suarez