Es difícil hacer semblanzas de amigos, pero en ocasiones es indispensable. Ahora son tres que, durante un mes con sus días y noches, terminaron sus días en este horrible país como decía el poeta, por razones inexplicables, salvo las propias de una edad madura. Estoy convencido de que sus últimos momentos los vivieron no con resignación, sino con la idea de todo lo que faltaba para hacer los cambios que como sociedad necesitamos. Tales eran sus convicciones.
Uno de ellos era Chano, Carlos Rodas, quien fuera en vida encargado de servicios médicos del EGP y que luego de finalizada la guerra, de tiempo en tiempo recalara en el Ixcán, en donde se sentía cómodo, a gusto, querido, respetado. Dejó escritos versos, grabados algunos videos, sobre su experiencia vital y en el norte del Quiché. En los días de su fallecimiento pude ver el nivel de cariño que la gente, los excombatientes le tenían. El dolor por su fallecimiento fue unánime. Sus cenizas fueron esparcidas en la región del Ixcán.
Otro era Gil. Su nombre Gilberto Morales Trujillo. Supo sobreponerse a la muerte trágica en los primeros años de la guerra interna, de su hermano Efraín de los mismos apellidos y conocido en los medios universitarios como Moralitos. Gilberto vivió y murió fiel a sus convicciones y a un espíritu crítico y en ocasiones iconoclasta. O mejor, siempre iconoclasta y ácido en los señalamientos. En la última época, ya con cáncer, dio su último esfuerzo por tratar de impedir el desenlace la víspera. Conversando un día, me dijo como lo más natural del mundo, hizo metástasis, y se extendió al hígado y el pulmón. Supe así que era cosa de días.
Sergio Beltetón, de profesión abogado, hizo de las causas populares su razón de vida. Lo conocí en los días posteriores a la firma de la paz. Desde entonces se inició una amistad que no siempre podía encontrar momentos de encuentro y charlas libres sobre lo que fuera. Era mi fuente de consulta para temas jurídicos, y sobre todo para casos que afectaban comunidades campesinas, pues como abogado del CUC estaba siempre atendiendo procesos con campesinos involucrados. En ocasiones marcaba su número y me respondía de Coatepeque, o de Alta Verapaz, desde El Estor, o desde la aldea El Laberinto en el Puerto de San José. Incansable siempre. Beltetón y Chano fallecieron de infartos fulminantes.
Sé que es una supersíntesis incompleta, pero no podía dejar de escribir unas líneas de reconocimiento a vidas comprometidas por un mejor país. Especialmente si se trata de vidas que conocí mientras luchaban, cada cual, a su manera, por lo que creían. Quizás no nos frecuentamos en los últimos tiempos todo lo necesario, pero todos sabíamos que cada quien con sus posibilidades y sus limitaciones hacía lo que creía. Son tres amigos de distintas procedencias que tenían en común una coherencia que no se encuentra en cada esquina ni en cada cruce de caminos. Son amigos o compañeros que son de aquellos que se les conoce como imprescindibles. No es cierto una idea que corre por ahí acerca de que nadie es imprescindible. Pues hay algunos que sí tienen esa aura en su paso por la vida.
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