Corea del Norte más insolente de lo acostumbrado. Brasil más tenso e indeciso que durante muchas décadas previas. Ucrania más desafiante gracias a la ayuda insolente de la OTAN. China más osada que nunca en sus cuarenta y nueve años de amenazas reiteradas a la República de Taiwán. La Unión Europea totalmente desorientada y los Estados Unidos de América menos unidos que durante el último medio siglo.
Y nuestra América Latina más confundida que nunca gracias a figuras tales como Gustavo Petro en Colombia, Gabriel Boric en Chile, Alberto Fernández en Argentina, Nicolás Maduro en Venezuela, Daniel Ortega en Nicaragua, Pedro Castillo en Perú, Luis Arce en Bolivia y los asesinos Miguel Díaz-Canel y Raúl Castro en Cuba y, para colmo, a todos ellos se suma el no menos nefasto Andrés Manuel López Obrador en México.
¡Vaya nuestro paisaje “democrático” de hoy!
Pero también todo parece a punto de un cambio radical en el sentido opuesto con Trump en los Estados Unidos y Bolsonaro que se rehúsa a capitular en el Brasil.
Se dan también algunas excepciones no menos sorprendentes: Hungría con Viktor Orbán al frente, el Japón con Fumio Kishida y Nayib Bukele en El Salvador.
Un mundo poco alentador y de momento poco promisorio pero no del todo sombrío. Ahí están las excepciones ya mencionadas con otros modelos ejemplares: Suiza, Dinamarca, Finlandia, Holanda, Noruega, Suecia, Alemania, Bélgica, Nueva Zelandia, Singapur, Marruecos, Uruguay y algunos pocos más.
Esta breve numeración nos confirma dos realidades contrastantes: hay todavía esperanzas así como también amenazas desalentadoras.
Pero tampoco ilusiones vacías de consistencia. Algo, eso sí, de lo muy permanente y de lo muy engañoso. La vigencia de lo meramente humano.
Pues todavía nos es dado poder escoger entre algunas promesas del ayer y algunos rezagos hasta de un futuro mejor.
¿Situación todavía sin esperanzas? Yo diría que no, pero sí que podríamos hacer de ella una promesa de porvenir algo mejor y no de algo peor. Reflexión después de todo de validez permanente.
Y eso, para mí, es una realidad no del todo vana y, por supuesto, de algo mejor de lo que hemos visto en lo que va del siglo.
Es más, de que a pesar de todo siempre podemos esperar un futuro siquiera a ratos esperanzador, según el dicho de que “la esperanza es siempre lo último que se pierde”.
Ánimo, amigos. Así siempre ha sido la historia humana: tropiezos y recuperaciones.
Todo esto algo pesimista pero con recuperaciones monótonamente repetidas.
Yo por mi parte me mantengo optimista siempre porque la misma historia de cada cual desde la desalentadora realidad humana me confirma la promesa de un futuro más promisorio.
Perdónenme esta rememoración de tinte melancólico pero también de ánimo afirmativo a pesar de todo. De lo contrario no habríamos sobrevivido los últimos milenios.
Se los dice un anciano que ha sobrevivido a una era espacial del todo inesperada.
Pues lo inesperado me ha confirmado que, reitero, la esperanza puede ser lo más de esperar para este minúsculo globo…
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