El ajetreo del mundo moderno durante esta época del año fácilmente puede provocar que olvidemos el verdadero sentido de estas fechas. La Navidad es mucho más que un simple intercambio de regalos, sean estos muy simples y baratos o fastuosos y onerosos, o compartir una comida entre familiares y amigos cercanos.
Sin duda, con el paso del tiempo estos elementos se han convertido en actividades centrales del rito de Navidad, junto con la quema de juegos pirotécnicos, el Nacimiento, la ingesta de bebidas y las muestras de cariño entre quienes se reúnen a celebrar. Incluso, las plegarias u oraciones que los más creyentes, independientemente de su particular idea acerca de esta fecha, elevan en agradecimiento al Ser Supremo por su infinita bondad, no son lo más importante de esta celebración.
El verdadero significado de la Navidad no se compra ni se vende; tampoco viene embotellado en un llamativo envaso; mucho menos envuelto en papel de regalo; o, escondido entrelíneas de emotivas canciones o alocuciones.
El verdadero significado de la Navidad reside en el corazón de cada uno de nosotros; en nada nos ayuda todas las manifestaciones materiales y emocionales asociadas con esta fecha si dentro de nuestro corazón no existe el amor, la esperanza y la fraternidad Esta fecha es un momento propicio para recordar, elevar nuestras plegarias y comprometernos con las causas de quienes sufren por la pobreza, la enfermedad, la violencia, la persecución política y religiosa, la marginación social o los conflictos armados.
En pocas palabras, cualquiera que sea nuestra idea de Dios, incluso aunque no se tenga una en particular, la lección principal es la del amor incondicional: la entrega desinteresada. Un ejemplo que mucho bien le haría al mundo si cada uno de nosotros antes de actuar pusiéramos en práctica lo que esto significa. Tal como lo recalcan la mayoría de religiones y filósofos morales, la búsqueda del interés propio no riñe con la práctica de la solidaridad desinteresada.
