Messi desató la dialéctica
En el fútbol suele ser ganadora la relación entre el despliegue virtuoso del talento individual de los jugadores con un eficaz sistema de juego y los ajustes tácticos oportunos.
Pero como todos sabemos, el fútbol es mucho más que el trazo de opciones de juego sobre una pizarra. El fútbol es sobre todo emoción filial. Argentina lo demostró en esta Copa Mundial de una manera que será irrepetible durante varias décadas.
Admitamos que Argentina no calificaba entre las mejores cinco plantillas, ni era dueña del sistema más eficaz de juego; tampoco la dirección técnica desplegaba la mejor lectura táctica. La salida prematura de un Di María, extremadamente fino ante Francia, ofrece un ejemplo de lo último.
El sofisticado programa de Oxford que proyectó a Brasil y Francia como favoritos, tenía razón considerando las variables de complejas ecuaciones. Pero en el fútbol, como en otras actividades humanas, hay ganas y deseo (que no son lo mismo). Influye también la energía. Dijo Valdano -campeón en 1986 y respetado filósofo del fútbol- de su equipo: los jugadores se visten de hinchas y los hinchas sudán como jugadores. Fue la dialéctica de energías que desató esta selección argentina.
Por eso quiero centrarme en la “felicidad” (un objetivo siempre acariciado por todas las personas) como esencia para explicarme lo que ocurrió en el marcador final del mundial, y que no necesariamente es efecto de la casualidad o un mero accidente.
La felicidad es un concepto abstracto que dice cosas distintas a cada quien. Como lo han documentado los especialistas, desde la Antigüedad lo discuten filósofos, poetas y otros pensadores de todas las ramas del conocimiento, sin alcanzar consenso. Para unos es autorrealización, para otros, placer sin excesos, y hay quienes piensan que la humanidad no está hecha para ser feliz.
Pero se rescata un acuerdo mínimo: la felicidad equivale a bienestar y nace desde dentro de cada quien, no de las comparaciones o consumos externos, la fama o la acumulación de bienes materiales (digo, una vez que se alcanzaron los satisfactores básicos de alimentación, techo y salud). Cada quien construye su felicidad -siempre salpicada de momentos de dolor y bajos estados anímicos- a partir de su propia escala de valores. Entre más auténticos, sencillos pero profundos, trabajados e íntimos son esos valores, más sólidos, plenos y permanentes serán.
Mi explicación extra-futbolística del triunfo de Argentina en Qatar es que Messi, trabajosa y honestamente, ha cultivado valores verdaderos desde niño, y por eso es feliz. Por alguna razón, solo recientemente se desató la dialéctica de la felicidad entre Messi y sus compañeros del equipo nacional. El sentido (y orgullo) de pertenencia estuvo por encima de los contratos comerciales del fútbol y de las limitaciones técnicas. Fue un estallido, desatado por Messi, de convertir la felicidad personal en global, y argentina, por supuesto.
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