La mojarra del Obispo

Muy temprano en la mañana del 24 de diciembre del año del rey del caldo, el obispo de la ciudad de Guatemala recibió un suculento obsequio de Navidad: una mojarra hecha de dulce de mazapán de yemas y almendras. Cuentan que el señor obispo estaba en el comedor de la Casa Arzobispal sopeando una sheca anisada en el chocolate caliente del desayuno, cuando se escucharon tres sonoros pon, pon, pon, en el portón de la entrada principal.  Desde el visillo de la puerta sorprendieron a Manuela, la empleada de las monjas clarisas, quien con los pies descalzos daba brinquitos de frío sobre la piedra de entrada, al tiempo que sostenía con el mayor de los cuidados, el azafate de china ovalado de orillita azul en donde dormía un delicioso pescado de dulce.

El portero agradeció la delicadeza de las hermanitas por haberse acordado del señor obispo para las fiestas, y con el olor de canela prendido en la nariz llevó la mojarra al prelado, quien para entonces se limpiaba los bigotes de chocolate con una  servilleta blanca y tiesa tan grande como un mantel. Las monjas habían colocado el enorme pescado de mazapán espolvoreado de canela sobre un finísimo picadillo de papel de china verde y, alrededor de ésta, más de quince pescaditos hechos, unos con dulce de zapote y otros de dulce de yemas y otros de un dulce tan blanco como  la leche. ¡Qué dulzura, qué delicia!, vociferó el obispo como si estuviera cantando la Misa del Gallo, y de inmediato pensó que aquel exquisito manjar fabricado por manos angelórum  y bendito por las oraciones y las alabanzas de las clarisas, se debería de ir directo a la casa de don Fermín, su vecino de enfrente, señor de apellidos ilustres y poderosos, generosisimo con los asuntos de la Iglesia, pues entre sus devociones estaba obsequiar la cera y la pólvora para el día del Corpus y, para las Navidades, las flores de pascua, las manzanillas, y todas las frutas olorosas que adornaban el nacimiento de la Catedral.

Don Fermín, su señora y sus cinco retoños, inclusive la niña que llevaba el nombre de Teresa en honor a su tía bisabuela, una monja carmelita descalza a quien se le atribuía prodigios de santa y de tener correspondencia directa con las alturas, vieron con asombro y con delicia aquel manjar hecho pescado, y como don Fermín era más bien asceta y escrupuloso en asuntos de conciencia, pensó que de comerse aquella delicia culinaria bien podría él y su familia caer en el pecado de la gula, y, además, se preguntó ¿quiénes somos nosotros para merecer este platillo de reyes?, por lo cual sin pensarlo más, mandó a llamar al cochero de la casa y le dijo: “Llévale, con el mayor de los cuidados, esta mojarrita a Don Lorenzo Montúfar y dile que le mandamos este manjar del cielo para festejar como Dios manda las Navidades, y para que se anime a terminar de una vez por todas su libro de memorias.

Don Lorenzo, quien sufría de agruras mañaneras por el café  cargado que se empinaba en el desayuno,  tan espeso  como la esencia de la garrafita, se asombró ante tal maravilla culinaria, pero al pensar en los kilos de azúcar contenidos en el pescadito, le vino de repente y sin quererlo una bocanada de ácido que le llegó hasta la garganta, y pensó que tanta dulzura  no le caería  del todo bien en la panza por lo  que no habría mejor destino para tan deliciosa mojarra de dulce de mazapán de yemas de almendra que la casa del doctor José Toledo, galeno famoso por sus acertadísimos diagnósticos, y quien con tanta deferencia le trataba sus molestias pépticas.  Quedaré de perlas con don José, pensó don Lorenzo, pues qué mejor forma de agradecerle el bote de polvos medicinales de bismuto que me mandó a obsequiar, junto con la misiva  que decía, “le mando estos polvillos maravillosos para combatir los ácidos y los eructos que seguro le provocarán los tamales  colorados que se ha de comer para las fiestas”.

Para entonces, el plato de la mojarra había recorrido de mano en mano un buen trecho de la ciudad de Guatemala, y al recibirla el doctor Toledo en su casa de la Calle de los Naranjalitos, se sorprendió ante su belleza y aroma, y como buen conocedor de los olores e ingredientes por asuntos de su profesión y de la farmacopea, exclamó después de degustarla con el olfato: ¡Pero qué maravilla es ésta!, fabricada con más de quince yemas de gallinas de patio, con fina almendra tostada para extraerle sus aromas y aceites; con polvo de canela de Ceilán y además,  allá a lo lejos presiento un toque delicioso de clavo, como en las esencias que usamos en el consultorio para calmar los  terribles dolores de muela”.

Como el doctor no era goloso, decidió agradecerle al más importante y renombrado de sus pacientes el bello juego de mancuernillas de oro que le había obsequiado para las fiestas, por lo que al filo de las cuatro de la tarde mandó a dejar con un propio aquel pescado de mazapán de yemas a la casa presidencial, sin haber siquiera pellizcado una de las colitas de las mojarras más pequeñas que flotaban al lado del pescado en el mar sosegado de papel verde china.

El reloj del Presidente marcaba las cinco de la tarde del 24 de diciembre,  un poco antes de la Nochebuena,  cuando el mensajero del doctor Toledo tuvo el gusto de entregarle personalmente al mandatario la encomienda del galeno. “Para que junto a su familia pase usted, Señor Presidente, unas dulces Navidades”, le dijo con voz de soprano y mucha prosopopeya el mensajero del doctor Toledo, sabiendo que se encontraba delante de la más alta dignidad de Guatemala.

El presidente de la república se conmovió ante aquel dulcísimo obsequio que le mandaba a regalar su médico, pero más que su médico, pensó, mi amigo, y al apreciar la delicadeza  y el exquisito olor de aquel pescado de dulce de yemas bañado con polvo de canela, se volvió con la memoria a sus años de infancia en San Marcos cuando su abuela, paleta mano, anunciaba que dulces estarían por salir del perol y que habría fiesta en casa, inundándose con los aromas de  la canela y la almendra del mazapán.

Precisamente cuando en la memoria del presidente volaban chivos y mojarras de dulce de mazapán, se escucharon las campanas de la Catedral llamando para el rezado.  ¡Qué mejor regalo para mitigar el largo ayuno de la Misa del Gallo del señor obispo que esta  apetitosa mojarra de yemas,  por lo que antes que dieran las ocho de la noche, un  sirviente con guantes blancos, entregó a la cocinera del obispo aquel espléndido regalo presidencial consistente en una mojarra de mazapán de almendras y yemas con sus quince mojarritas, junto con  una misiva lacrada en cera con el escudo de Guatemala. 

Y fue así como la mojarra de las monjas clarisas que llegó temprano en la mañana a la mesa del obispo, recorrió de mano en mano la ciudad de Guatemala, terminando de donde partió, en la Casa Arzobispal: 

“ Y Si Dios así lo quiso, fue por algo”

María Elena Schlesinger

Tuit

“ Y Si Dios así lo quiso, fue por algo”, se dijo para sí y en voz alta el Obispo, y tomando por el mango el cuchillo más filoso del comedor acertó el primer corte sobre la cabeza del pescado, engulléndose un pedazo generoso de mojarra, y con la dulzura entre la boca,  haciéndole tilín en el paladar, no pudo más que pronunciar un amén, Señor,  amén , y que a las clarisas Dios les conserve esta dulce devoción.







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María Elena Schlesinger

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Author: Maria Suarez