Y los caminos con corazón
Estoy en la Ciudad de México visitando a mi abuelo, que está muy, pero muy malito. Entró a su habitación todos los días, tres o cuatro veces, y lo saludó: ¡Qué onda abuelo! Pero casi no responde. Me siento en su cama en silencio y me sorprende qué flaquito está. Casi no come. Es un gigante de 1.90 metros y ahora lo veo como si fuese un niño.
Mi madre, amorosa, se esmera preparándole sus platillos favoritos, pero él apenas come dos o tres bocados. A cada ratito se duerme. No tiene fuerzas para moverse. La Nochebuena lo invadimos con mis hermanos y le hablamos animadamente de fútbol. Ellos parecen una enciclopedia andando. Ahora bien, me impresiona cómo la memoria de mi abuelo sigue intacta. Se animó y nos contó detalles de los mundiales que nunca vimos.
Cuando le preguntamos, abuelo ¿nos acompañas a cenar?, respondió que no. “Me quedo acá y ceno mis dos pastillas”, nos dijo. Oírlo así me dio mucha ternura y se me escaparon sin querer unas lágrimas que de inmediato disimulé.
Quizá es la última Navidad que estoy con mi abuelo. Mi papá tiene una filosofía interesante sobre la muerte. Cree que no hay que temerle y tampoco debe ser motivo de tristeza. Eso sí, él piensa que hay que respetarla porque existe y es inevitable. La asume como una transformación de las energías y hasta me parece que la escudriña con curiosidad.
En junio del 2021 despedimos a mi abuela Marina, mamá de mi papá. Mi abuelo William es papá de mi mamá. Tiene una historia de vida muy interesante. Fue el más pequeño de sus hermanos (ya todos murieron), hijo de inmigrantes sirios. Su mamá nunca quiso hablar español. Trabajó desde muy pequeño y destacó como lanzador en el béisbol. Lo reclutaron en las grandes ligas gringas, pero quería ser ingeniero y a esa profesión se dedicó con gran pasión.
Pero es más que ingeniero. Explora muchos campos de la vida. Te quedabas con él en la sobremesa -como lo hacía mi papá- y conversaba sobre todos los temas. Una vez los escuché hablar incansablemente sobre cine y se conocían todas las películas y actores. En otra ocasión hablaron de la comida típica mexicana y siempre relacionaban los platillos con eventos festivos y chistosos. A propósito, también un día hicieron un rulo de chistes y no paraban, mientras yo me destornillaba de la risa.
La última voluntad del abuelo es ver impreso un libro que escribió hace muchos años. Será una edición muy curiosa, pues saldrá con su puño y letra. Son pensamientos muy profundos que no alcanzo a comprender. Al final ha resultado una obra familiar, pues mi hermana Adriana diseñó la portada con un acrílico exclusivo, y mi papá escribió el prólogo. Allí mi papá dice que los caminos de la vida son todos buenos si tienen corazón. Que no importa el destino sino el camino. Mi abuelo nos deja un camino con corazón y yo lo llevo a él en mi corazón.
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