Todas las cosas llevan un adiós adentro. Tal vez por eso el presente se parece mucho a una despedida extendida, de la que casi nunca tenemos aviso. Más allá de la nostalgia adelantada que esto revela, lo que suele inquietarme es el desconocimiento de cuándo será esa última vez de las cosas, cuándo diremos un «hasta pronto» que nunca se concrete o en qué momento atravesaremos un evento anodino sin saber que es el instante final de algo.
Me atemoriza ignorar si estoy viviendo en tiempo presente un adiós cierto, oculto y definitivo. La angustia nace pues sé que he atestiguado varias últimas veces de las cosas así: desde la bruma. Y aun en el recuerdo estas permanecen nubladas, perdidas. Llegan a mí como un pozo inundado de preguntas.
¿Cuándo fue la última mañana que, en mi infancia, corrí hacia mi madre porque quería que me levantara en sus brazos? ¿Cuándo fue la última tarde que no supe leer antes de que ella me enseñara a hacerlo? ¿Cuándo fue la última ocasión en que mi hermano me curó una rodilla raspada luego de pasar la tarde jugando pelota? ¿Cuándo fue la última noche que le dije a mi padre que sentía miedo de la oscuridad en mi habitación? ¿Cuándo fue la última vez que lloré porque ansiaba dejar de ser «pequeña»?
«Evocar ausencias»
Pienso en los versos de Luz. Sitúo las futuras ausencias del presente, intento ubicarlas, intuir su pulso final. ¿Quizás sea esta la última? Ahora me lo pregunto seguido, silenciosamente. Esa duda me abre la puerta a una sensibilidad extraña, una que añora y, al mismo tiempo, se permite una distancia —aunque efímera— del agridulce dolor venidero de las pérdidas.
Así, escucho con más dulzura la voz de las personas que amo; veo con atenta calma la luz que nace en sus miradas; recibo cada caricia con el anhelo de que mi cuerpo guarde un poco más esa calidez que tal vez no vuelva a sentir jamás, por «el frío amargo de lo muerto».
No es vivir desde el miedo a la expiración, sino a partir del reconocimiento de su certeza y de la belleza punzante de lo perecedero. Vivirnos desde la posibilidad de la despedida podría hacernos más conscientes de aquello luminoso que nos sostiene en esta antesala del olvido.
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