El estribillo de hoy es la euforia tributaria, y se dice a diestra y siniestra que “hemos por fin superado la carga tributaria recomendada en los Acuerdos de Paz”. ¿Qué quiere decir esto?
En la euforia de alocuciones sobre sus logros nuestras autoridades económicas se desesperan a principios de año, primero para quedar bien con la clase política y luego para justificar sus poltronas ante la sociedad y ante quienes los nombran. El año pasado tuvimos la euforia de un crecimiento de 8 por ciento del PIB. Muy pocos entienden cómo se compone esta compleja variable, pero el estribillo se repetía a diestra y siniestra.
Es lógico que deben aplaudirse los aires de recuperación y al menos este escribiente y muchos en su sano juicio apuestan a que el país no vaya en declive. Sin embargo, estas cosas son tan delicadas que hay que verlas con muchas aristas.
El estribillo de hoy es la euforia tributaria, y se dice a diestra y siniestra que “hemos por fin superado la carga tributaria recomendada en los Acuerdos de Paz”. ¿Qué quiere decir esto?
En el Acuerdo sobre Aspectos Socioeconómicos y Situación Agraria, firmado en México, D.F. el 6 de mayo de 1996, hay una buena cantidad de considerandos y recomendaciones para una modernización económica, institucional y por supuesto social y cultural. Uno de ellos plantea la urgencia de democratización y de fortalecer al Estado como orientador del desarrollo nacional, como legislador, como fuente de inversión pública y prestatario de servicios y como promotor de la concertación social y de la resolución de conflictos.
Para ello, lógicamente, se toca el tema tributario y se prescribe que teniendo en cuenta la necesidad de incrementar los ingresos del Estado para hacer frente a las tareas urgentes del crecimiento económico, del desarrollo social y de la construcción de la paz, el Gobierno se compromete a que, antes del año 2,000, la carga tributaria con relación al PIB se haya incrementado en, por lo menos un 50 por ciento con respecto a la carga tributaria de 1995.
Ello dio origen a incontables conciliábulos entre sabios economistas de todos los colores para llegar a una conclusión ya entrado el primer lustro del nuevo siglo luego de analizar las interioridades de las cifras del famoso PIB siempre manejado por el Banco de Guatemala, y la meta que se fijó en la recalendarización fue de un 12 por ciento para el año 2002. Cabe aclarar que a partir del citado Acuerdo de Paz se convocó a un Pacto Fiscal, que le puso carne a las normas generales y planteó toda una plataforma de trabajo en temas de gastos e ingresos, lo que poco se ha cumplido durante estas últimas dos décadas.
Quién iba a pensar que luego de más de veinte años de pasadas estas intenciones que iban acompañadas de un programa ambicioso de acciones estatales tendentes a fortalecer la democracia y una sociedad más justa, la ahora tan famosa “carga tributaria” se lograra gracias a la abundancia de remesas, importación y consumismo, a la presencia de precios inflacionarios y también de algo que es de aplaudir que es la modernización digital de la captación de ciertos impuestos que, dicho sea de paso, ya estaba bien recomendada en el Pacto Fiscal y el Acuerdo Marco referido.
Más podríamos abundar sobre este polémico tema pero el espacio de esta columna no da para mucho, pero es fundamental revisar la historia y no dejarse obnubilar por declaraciones ligeras que tienen bastante de ahistórico y buena dosis de demagogia y superficialidad.
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Édgar Balsells
Investigador del Área Socioeconómica del IPNUSAC. Interesado en la acción colectiva