la culpa no está solamente en el ser político zombificado que retorna, sino en aquellos que contribuyen a que vuelva, y es ese sector, el que debe, también, ser escudriñado
Cada cuatro años, tal cuento de terror, el llamado a elecciones del Tribunal Supremo Electoral, TSE, se convierte en un canto de sirenas que llama a la ciudadanía a participar en la tragedia, trayendo consigo la resurrección de políticos que se creían acabados y enterrados. Posterior, al más reciente llamado, el país ha observado la resurrección de candidatas y candidatos ya caducos como Sandra Torres, Zury Ríos, Edmond Mulet o Rafael Espada por nombrar algunos.
El retorno de los tres primeros, quienes han tenido una presencia activa en los medios de comunicación, pareciera una versión mediocre, aunque terrorífica y casi sacada de la novela de horror de Stephen King titulada: Cementerio de Animales (1983). Y es que pareciera que cada uno de esos candidatos regresa del espacio de los muertos, pero cada vez más malvados, cada vez menos humanos. Vuelven para aterrorizar a quienes quedan, a quienes sobreviven, pero resucitados también por aquellos que se rehúsan a aceptar el pasado y se aferran a personas que ya no tienen capital político propositivo, personas que políticamente deben ser enterradas y cuya muerte debe ser aceptada por las elites que les respaldan. Es decir, la culpa no está solamente en el ser político zombificado que retorna, sino en aquellos que contribuyen a que vuelva, y es ese sector, el que debe, también, ser escudriñado.
En Guatemala, pareciera que las promesas, pero también la propia imagen de esos políticos zombis tiene un peso histórico fuerte, difícil de arrancar porque han sido parte del proyecto hegemónico colonial y luego contrainsurgente de quienes han monopolizado el poder y que no es más que un proyecto de nación basado en la violencia, el genocidio y que después de la firma de la paz en 1996, continúa ejerciendo una violencia estructural por todos los medios posibles, incluida la política partidista. La militarización del país, la criminalización a ciertos sectores, la lucha por cooptar la universidad pública y la falta de presupuesto para la educación media, por mencionar algunas estrategias, son los medios por los que se ha conseguido cultivar a un sector de la sociedad civil que apoya que un candidato que estuvo involucrado en el delito de robo y venta de niños y niñas guatemaltecas a extranjeros, este hoy, sin pudor histórico aspirando a la presidencia. También explica la popularidad de una candidata que defiende y evoca las políticas genocidas de su padre y del ejército nacional, quien fue un general que nunca cumplió una condena por los crímenes que dirigió.
Es así como la solución a los problemas de Guatemala no está solo en tener candidatos probos y con sentido de ética que puedan convertirse en una opción de voto, sino en lograr que las mujeres y los hombres comunes que siguen apoyando que los espectros terroríficos del pasado vuelvan, vean que el voto a las y los políticos marchitos y siniestros solo seguirá trayendo desgracias a la vida de la población en general. He ahí el reto más grande, dejar ir a los cadáveres políticos.
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