Dice un resto de conciencia:
¿no es el silencio tu suerte?
Ida Vitale, Solo lunático, desolación legítima
Es difícil saber cuánto hemos cedido al silencio, qué se ha extraviado en sus recintos. ¿Qué ficción nos hace creer que enunciarnos deseantes es indeseable?
Cuando deseo algo con fervor, una duda casi automática me devuelve al silencio.
En ese eco vacío, me permito contemplar mis anhelos, explorarlos y saborear la agridulce punzada que supone la esperanza que deposité en ellos. Los nombro sin separar los labios, los digo para mí. Admito su existencia en una especie de mantra insonoro: quiero, espero, añoro, deseo. Sin embargo, de cara a la otredad, no me atrevo a pronunciarlos.
Desterrados y condenados al mutismo, crecen y echan raíces. Se hunden en mí, se ramifican en abundancia hasta ocupar todas las fibras de mi pecho. Buscan salir y encontrar aire, vibración. No los dejo. ¿Por qué? ¿Por qué siento que decirlos es una secreta manera de anularlos?
Revisito mi memoria. Encuentro retazos. Momentos aparentemente anodinos.
¿Será esa extraña —pero contagiosa— superstición por la que aprendí que es mejor no contar los deseos que conjuraba al soplar las velas de mi pastel de cumpleaños? O tal vez aquel consejo que escuché acerca de no narrar los sueños hermosos de la noche anterior, para elevar sus posibilidades de «hacerse realidad».
Desde entonces me asustaba nombrar, porque si lo cuento, si lo digo en voz alta, no se cumple. Así, por años, le recé al silencio como si fuese una maraña divina, protectora de los sueños.
¿En qué sitio del lenguaje pueden refugiarse los anhelos sin perderse? Cuando la voz es enemiga mortal de las posibilidades, los deseos no se nombran si no quieres «salarlos».
La voz/la sal/la gran demoledora de ilusiones. Es difícil saber cuánto hemos cedido al silencio, qué se ha extraviado en sus recintos. ¿Qué ficción nos hace creer que enunciarnos deseantes es indeseable?
Es cierto que la palabra no siempre es necesaria —ni suficiente—. El silencio también puede ser el hogar habitual de gestos bellos e impronunciables. La cuestión es, quizás, aprender a reconocer cuándo lo único que nos hace callar es una variante vacua y angustiosa del miedo.
Yo quiero. Yo espero. Yo añoro. Yo deseo.
En la sección de Opinión se publican columnas como contribución al debate público, las cuales son responsabilidad exclusiva de su autor y no representan la visión de elPeriódico o la de su línea editorial.

María José Lara
Licenciada en Periodismo, dedicada a la edición de textos y la docencia universitaria. Poeta y autora de los poemarios El espejo irregular y Naturaleza inacabada. Activista de RISE.