Restan quince días para la convocatoria a elecciones generales y se mantiene la incertidumbre sobre los alcances de la manipulación del proceso, y, además, sobre qué estará pensando la gente. Al combinar los dos planos podrían surgir escenarios exploratorios, ya no de inercia ni franca regresión democrática.
Hasta que no se demuestre lo contrario, debe afirmarse que el TSE sigue al servicio de Giammattei y su primer círculo. Ellos insisten en repartir los pases de entrada y en sacar las tarjetas amarillas y rojas. A los partidos que no son parte del Pacto les buscan caspa con lupa. Los del Pacto en cambio gozan a pierna suelta del recreo, pues los árbitros son sus compinches.
Ese plano latente de ilegalidad es incontestable. Reitera el patrón de descalificaciones e imposiciones de los últimos dos años, incluyendo el grosero fraude en la USAC en mayo del 2022. Trituran el artículo 136 de la Constitución: el derecho de elegir y ser electo.
El otro plano es ¿qué hará la gente ante la orquesta de chanchullos? Después de escuchar, ver y leer en muchas partes, mis conclusiones preliminares son:
1. El político más impopular del periodo democrático es Giammattei. Se ganó el sótano precozmente, tras su desastrosa gestión de la pandemia, la desatención del hambre de 4.5 millones de habitantes y de millares de damnificados por las tormentas. La corrupción y la incapacidad no son agravios menores.
2. El candidato identificado como heredero de Giammattei, si los comicios fueran hoy, ni alcanzaría ni el 4 por ciento de los votos. Competiría con el ridículo que hicieron los candidatos del PP en 2015 (4.6 por ciento) y FCN en 2019 (4.5 por ciento). La bancada de Vamos sería flaquísima, por eso alimentan una veintena de partidos satélites que pueda reunificarse en la próxima Legislatura y atar de pies y manos al próximo gobernante.
3. Sigue siendo irrelevante hasta ahora quienes encabezan las encuestas. No es lo mismo ser un político conocido que votado. Todos los políticos conocidos tienen un voto de rechazo superior al 40 por ciento. Eso es mucho, por eso es fácil que caigan en segunda vuelta.
4. La gente ya no elige -como fue durante la segunda mitad del siglo XX- por símbolos partidarios, sino por personas. Le es indiferente que sea de izquierda o de derecha (aunque hay cierta inclinación conservadora, menos en la capital), hombre o mujer, civil o militar.
5. A menos de seis meses de que se celebren las elecciones, ocho de cada 10 electores siguen sin inclinarse por un candidato/a; su única certeza es que debe haber un cambio de rumbo. La gente seguirá a quien considere distinto y radical, en el sentido de que toma al toro por los cuernos y sus credenciales son anti-sistema. Sistema en este caso equivale a cloaca, no tiene connotación ideológica ni programática.
En conclusión, si respetan la voluntad del pueblo en 2023 vendrá un cambio. Claro, gobernar siempre es otro cantar. Pero si se roban las elecciones -también- nuestro escenario más probable es el de descenso al caos.
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