Restos de luz

Así, cuando yo muera, he de ser a tu lado,

Una pequeña llama de dulzura infinita.

Juana de Ibarbourou, La pequeña llama

¿Qué objetos guardan los restos de luz de quienes ahora son recuerdo? ¿Qué lugares? ¿Qué vientos? ¿Qué cuerpos aún tienen trasvasado su fuego compartido?

Me gusta sentir la tibieza de las paredes cuando cae la tarde. Palpita en ellas el sol del ocaso, invisible cuando llega la noche, pero aún presente en ese rescoldo.

Cuando el tiempo nos entregue a la marea del olvido, probablemente no dejaremos atrás la dulzura infinita de la que habla Juana de Ibarbourou —esa quizás solo podría guardarla su poesía—. No obstante, intuyo en las ausencias una calidez arcana —pero cierta— parecida a la luminosidad que nombran sus versos, que se derrama en el espacio que alguna vez sostuvo su estancia remota.

¿Qué objetos guardan los restos de luz de quienes ahora son recuerdo? ¿Qué lugares? ¿Qué vientos? ¿Qué cuerpos aún tienen trasvasado su fuego compartido?

Cartografías

Intento yuxtaponer a mi mirada una especie de mapa de calor, con la misión de identificar el pulso de aquello que permanece —o permanecerá— en los muros de mi vida, como huellas solares de los adioses. Encuentro islas de memoria viva y futura.

La delicada firmeza de unas manos vuelve a animarse en la borrosa dedicatoria que hace años dejaron sobre un libro. La cansada postura de unos hombros se restituye en una camisa de franela que se añeja en el armario, sin piel a la cual darle abrigo. El eco de una voz resurge de los pasillos que tiempo atrás nos escucharon conversar, dudar, reír.

Toco con las yemas de los dedos la sombra del porvenir.

La verdosa vivacidad de un jardín dará cuenta de quien ahora dedica las tardes a obsequiarle la humedad y los cuidados que precisa. Las esquinas dobladas de páginas y páginas armarán el camino que unos ojos anduvieron sobre las palabras. La vibración de este pecho reconstruirá el ardor apacible de quienes hoy se abrazan a él.

¿De mí? No lo sé. Tal vez algunos restos de luz queden en las manos que otrora envolvieron las mías; en los regazos que se convirtieron en estero para recibir mis lágrimas; en las miradas que no volveré a acariciar con la mía.

Me enternece que la vida sea también una quemadura. Abrazo esa «pequeña llama» y sus vestigios.







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María José Lara

Licenciada en Periodismo, dedicada a la edición de textos y la docencia universitaria. Poeta y autora de los poemarios El espejo irregular y Naturaleza inacabada. Activista de RISE.

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Author: Maria Suarez