La mediocridad en la “obra” pública.
El fin de año me permitió, ante la visita de amigos provenientes del extranjero, hacer un poco de “turismo local”.
Tocó ir varias veces al aeropuerto.
Y luego, viajar al sur y finalmente al occidente.
Viene al caso narrar algo de lo vivido, por el tema de “infraestructura”. Debo empezar comentando que experimentamos sensaciones que bien podrían calificarse de “bipolares”.
La belleza natural de nuestro país se lució. (¿somos un “país-aje”?) El Volcán de Fuego sorprendió a nuestras visitas varias veces, y los locales presumimos todo el tiempo con nuestras tradiciones y costumbres, especialmente las culinarias y la aún notable amabilidad chapina.
Mercados cantonales, restaurantes de lujo, centros comerciales de primer mundo, alguno que otro museo…
Pero… ahora el lado oscuro de la historia: la vergüenza, como contraste al orgullo por todo aquello.
Aeropuerto: en una de las oportunidades que me tocó ir, esperé casi 3 horas para poder recibir al visitante. En ese tiempo, pude observar cómo tres muy alegres “trabajadores” sin uniformes, se pasaron todo ese tiempo colocando (o intentando colocar) una sola pieza de cielo falso cerca de donde salen los pasajeros. Con retumbantes carcajadas, ponían (o intentaban poner) un tornillo o algo así, cada 20 minutos. Musicón incluido, por supuesto. El andamio donde se encontraban encaramados, les daba un espacio festivo casi privado. Si a ese paso repararán toda el área que se encuentra desprovista de cielo falso, quizás para junio o julio de este año lleguen a la mitad. ¿hay que aparentar que se está haciendo obra? (cobrando como que si se hiciera, por supuesto)
Luego, en el trayecto a Chulamar, después de salir de la impresionante “VAS”, atascos severos después de pasar Amatitlán… casi una hora para recorrer quizás 10 kilómetros. Eso fue un miércoles, 14 de diciembre. Y la razón fue estúpida: un carril completamente bloqueado porque lo único que había era una pequeña máquina amarilla, para cortar bloques de concreto o asfalto, y nada más. No habían operadores de la infernal máquina en el resto del trayecto. O sea, nuevamente, apariencias de obras. Al chequear varias horas después por medio de Waze si aún había ese atasco, todo seguía exactamente igual.
Podría seguir contando otras “experiencias”, pero nada como la verdadera vergüenza que sentimos los chapines, en el trayecto hacia Pana, especialmente entre Tecpán y Los Encuentros.
Esos aproximadamente 40 kilómetros tienen tramos que parecen zonas de guerra. No se si fueron los “contratistas encargados de la obra” (¿qué obra?) o gente caritativa, que se dio a la tarea de pintar de rojo alrededor de unos “cráteres traga-llantas”.
Manejar de noche no es una opción en nuestra “inter-americana”.
Para nuestros visitantes, debo reconocerlo, fue “turismo-aventura”.
El lago más bello del mundo, su gente, y en especial, Lucho, el patojo y hábil capitán de nuestra lancha tiburonera, nos hicieron olvidar el desagradable asombro vivido en el trayecto y prepararnos para el regreso el mismo día.
Muchísimas vergüenza, sí. Pero más aún, cólera e indignación. En Guatemala las obras de infraestructura están en el mundo de la ficción.
¿O será que mi experiencia, que no suma más de 250 kilómetros en total, es una experiencia aislada y que el resto del país está de maravilla? (¿pregunta capciosa?).
PS: la palabra “corruptos” se pronunció muchas veces en los respectivos trayectos.
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