Y va un ciclo más

El ADN de este Estado fallido se detecta en su crisis educativa. Y sabido es que la pandemia vino a quitar la última esquina del velo que le quedaba. Y ahora de nuevo a clases. Un ciclo más.

La falta sistemática de respuesta ha sido colosal: se percibe silencio, pérdida de recursos, falta de comprensión de los sistemas, falta de agudeza ante las necesidades, nuevamente la caridad a cambio del derecho y de la justicia. Parches…, escasa presencia de pertinencia y de programas alternativos. Se ha notado un creciente fortalecimiento de lo privado sobre lo público, o sea, notable es el debilitamiento de lo público, como un goteo que no cesa. No nos engañemos, el sistema educativo guatemalteco está hecho para expulsar, sin garantizar continuidad para todos. Sin tomar medidas drásticas para hacerle frente. Datos sobre deserción escolar lo demuestran. ¿Quiénes se van?

No se ve la educación como aquella bisagra entre necesidades y oportunidades. Y no olvidemos que el racismo exacerbado del Estado entra a funcionar con aquellas fachadas que se activan para oxigenarlo: paternalismo, etnocentrismo, individualismo, discriminación, uso y abuso de la diversidad… Todo reflejado en la educación.

La educación es un derecho generador de otros derechos. Pero con la oscura insistencia de la homogenización forzada, lo que vemos es el cambio de la verdad por los eslóganes; la realidad por lo virtual; la historia por los mitos.

Lo que tenemos caducó, tiene sarro. Entender que urge un presupuesto anual y sostenido; una verdadera reforma educativa adaptada a las necesidades diversas de la población estudiantil (transformación), es vital para dibujarnos un porvenir de progreso. O sea, humanizar la educación y vencer al elefante blanco de la educación de mercado.

La escuela, lugar común, está llamada a explayarse rumbo al cambio. Hablo de implementar modelos serios de educación propia, modelos innovadores de participación comunitaria. Modelos a distancia que atiendan a aquella niñez y juventud expulsadas por el mismo sistema. Modelos sostenibles que garanticen políticas de equidad, calidad, pertinencia e inclusión; producción de conocimiento para generar innovación.

Sí, el sistema tradicional se agotó, quedó insuficiente ante los retos que enfrentamos. 

La diversidad no es un florero, es mucho más que estética. La diversidad es ética, ahí donde el “otro” se convierte en un valor. Es el derecho de pensar y creer distinto. Y la escuela debe favorecer esa transición. Cuando se habla de transformar la educación es justamente eso: sustituir los estereotipos por verdades, la memoria por el análisis crítico sostenible, la repetición por la lógica y el sentido común, los “sueños” por proyectos, los atascos mentales por la libertad. Aprender a vivir triunfantes como seres humanos solidarios, empáticos y libres. Vivir en colectivo a cambio de seguir enseñando ese hiperindividualismo voraz. O sea, dejar el ombligo para ser parte de algo más grande llamado humanidad.


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Anabella Giracca

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Author: Maria Suarez