Abundan clanes familiares fundando y secuestrando partidos políticos de cartón, y por eso hay figuras desgastadas, caraduras, que se atreven a pedir el voto. Porque ya no se trata de servir, sino de embriagarse con las mieles del poder.
No basta llegar al poder, servir y luego retirarse. No. Hay que aferrarse a como dé lugar. Si no es buscando otros puestos, será designando a familiares o amigos incompetentes a cargos de elección popular o haciendo promesas y amenazas para seguir cobrando esa cuota de poder, producto de un sistema edificado en vicios. Por eso abundan clanes familiares fundando y secuestrando partidos políticos de cartón, y por eso hay figuras desgastadas, caraduras, que se atreven a pedir el voto. Porque ya no se trata de servir, sino de embriagarse con las mieles del poder. Porque el poder es sinónimo de placer y no de sacrificio.
¿En qué momento enemistamos el verdadero servicio con el arte gobernar? ¿En qué momento gobernar dejó de ser un arte y el servicio pasó a ser una vergüenza? Quizás el mayor error haya sido desnudar del espíritu de servicio a todo cargo público al cual se puede —y se debe— aspirar en este país.
Desnudo de servicio y revestido con las galas del poder, el puesto público se antoja como una bóveda infinita para saquear. La política, entonces, ha perdido su sentido. Me refiero a la política como edificadora de ciudadanía y como un servicio a la comunidad, y no a la política como aquello que hemos permitido que se convierta: un instrumento de destrucción, opresión y marginación. En la antítesis del servicio.
Servir al país desde el gobierno implica proteger a cuantos viven en él y trabajar para generar futuros más dignos y siempre justos. Servir es hacer del prestigio profesional y de las habilidades y talentos individuales un proyecto comunal, para contribuir así a construir esa nación en beneficio de todos, sin excepciones. Servir es ver con claridad que la meta final está en el progreso de un proyecto de nación constituido por las aportaciones de sus individuos, y no cegarse con las pequeñas metas propias que nacen de una sed desmedida de prestigio o una ambición insana. Eso es servir. Y justo eso es lo que no han hecho nuestros gobernantes en los últimos periodos. Porque nadie ha servido a Guatemala como ésta merece y debe ser servida.
Dijo alguna vez uno de los grandes pensadores modernos, Joseph Ratzinger, que la política “es guiada por la razón y por las virtudes naturales de la prudencia, templanza, justicia y fortaleza”. Virtudes naturales, no religiosas, porque “existen valores ético-políticos propios de toda sociedad humana bien ordenada”, como el respeto y la promoción de la vida, libertad, justicia, de la dimensión religiosa de la existencia humana, solidaridad, paz y, en general, “el primado del bien común sobre los intereses y las instrumentalizaciones particulares”.
Parafraseo a otro pensador, en este caso al vietnamita François-Xavier Nguyễn Vãn Thuận, que nos dejó una especie de decálogo del buen político, que me he tomado la libertad de transcribirlo en formato de preguntas: ¿Dónde está el político que tiene una alta consideración y una profunda conciencia de su papel? ¿Dónde está el político cuya persona refleja credibilidad? ¿Dónde está el político que trabaja por el bien común y no por su propio interés? ¿Dónde está el político que permanece fielmente coherente? ¿Dónde está el político que realiza la unidad y que está comprometido en llevar a cabo un cambio radical? ¿Dónde está el político que sabe escuchar? ¿Dónde está el político que no tiene miedo?
¿Dónde están? Si no existen, habrá que prepararse, porque como bien dice aquella famosa teoría política: esa la silla vacía alguien la tendrá que ocupar…
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Juan Diego Godoy
Comunicólogo, periodista, columnista y profesor universitario. Máster en Periodismo, con especialización en análisis político. Apasionado por la política, cultura y tecnología.