No al fraude electoral, no a los candidatos fuera de ley, sí a la liberación de los presos políticos
Pío XII nunca condenó los bombardeos en Londres y otras ciudades al inicio de la guerra.
Pero bendijo a las tropas alemanas en Roma. Para justificarse expresaba que una victoria soviética podría ser peor que una victoria nazi. No dijo nada cuando capturaron a mil judíos encerrados a pocas cuadras de la Santa Sede que murieron en los campos de concentración. Tras concluir la guerra en 1945 orquestó paparauchas o fake news para presentarse como un campeón de los oprimidos. Los expertos consideran que él careció de una visión clara moral y política como cuando ocultó los abusos a menores de los curas y frailes. Con el cardenal Spellman de Nueva York orquestaron la cruzada contra el comunismo y la aplicaron en Guatemala con el obispo Rossell contra Árbenz. Por ello el nuncio Berolino en Guatemala festejó con Castillo Armas en 1954 el triunfo de “la Liberación”. Luego, Pío XII firmó el Concordato con el tirano dominicano Leonidas Trujillo en 1959 en apoyo a su dictadura y eso fue considerado inmoral.
El nuevo Papa Juan XXIII designado en 1960 vino a realizar los cambios que también se daban en tan pletórica década, para restablecer el papado ético y responsable que dio prioridad a los Derechos Humanos (con mayúsculas) a través del Concilio Vaticano II, una forma de volver el cristianismo a sus raíces primigenias, hacia “la nueva civilización del Amor”. El nuevo Papa lleno de esperanzas e ilusiones propuso promover el desarrollo de la fe católica, lograr una renovación moral de la vida cristiana de los fieles, y adaptar la disciplina eclesiástica a las necesidades y métodos de su tiempo, lo contrario a su antecesor. Se definió como tarea denunciar a los que atentaban contra la dignidad de la persona y ensalzar a los que trabajaban por el bien común: allí el mensaje universal de la Pastoral Gaudium et Spes sobre “la Iglesia en el mundo actual”, que sigue el Papa Francisco: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de Cristo”. Surgieron una docena y media de documentos del Concilio y otros en la Conferencia Episcopal de América Latina, CELAM (1968), y la sesión de PUEBLA (1979). Así surgió la Teología de la Liberación hace sesenta años. La lucha siguió pese a la corrupción en El Vaticano y los escándalos de pedofilia.
No obstante, el viraje iniciado por Juan XXIII provocó la reacción de Washington una década después: el vicepresidente Nelson Rockefeller realizó una gira por América Latina y vio la nueva orientación social por los pobres y dijo que la iglesia católica ya no era de fiar para sus intereses. Y apoyó a las dictaduras militares e impulsó como política oficial el envío masivo de pastores evangélicos y protestantes a la región para cooptar a las grandes mayorías latinoamericanas (se recuerda que los protestantes alemanes sin excepción adoraron a Hitler y eso esperaba el magnate que acá se repitiera). Y los dólares fluyeron para concretizar ese proyecto al punto que ahora la mitad de latinoamericanos son cristianos pentecostales y sectas nutridas de anticomunismo -contra la justicia social-. Ahora son apoyo de personajes autoritarios (con fachada democrática) y ejércitos cooptados por los narcos que se han atrincherado en sus templos. Muchos políticos oscuros que se dicen “hermanos” se dan “bendiciones” y ponen la mano en el pecho al oír el himno nacional al lado de delincuentes. Nada que ver con la sociedad solidaria del Papa Francisco en su Carta Encíclica Fratelli Tutti, sobre la Fraternidad y la Amistad Social, (2020), que llena de alegría y confianza a los más débiles. De ello hacen eco las conferencias episcopales de Guatemala y Nicaragua, que piden que no se vote por los candidatos del crimen organizado (la gran mayoría en Guatemala) y temen que haya fraude en las elecciones generales, mientras Giammattei ahora mismo distribuye millones entre los alcaldes para que sus pobladores voten por la hija del dictador, que tiene vedada su participación por la Constitución. Entretanto, Managua liberó a doscientos presos políticos y los mandó a Estados Unidos, mientras en Guatemala los perseguidos políticos ya se han ido a ese país o bien esperan su liberación como José Rubén Zamora.
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Fernando González Davison
FGD, guatemalteco (1948), abogado, con estudios de desarrollo económico en las universidades de París y de Ginebra. Fue profesor invitado de las universidades de Estocolmo, Tulane y Georgetown. Embajador en Japón, Singapur y países sudamericanos. Ganador del Premio Guatemalteco de Novela (1987) y Monteforte Toledo de Novela (2000). Entre sus mejores novelas históricas están Oscura Transparencia, la caída de Árbenz, La montaña infinita y Los peores días, editada por Alfaguara.