La vigilancia, tanto de estos partidos urbanos de vocación democrática y republicana como del resto del arco parlamentario es imperativa.
“Quiero recordarles que están parados sobre un ladrillo y están bien mareados, y cuando se caigan de ese ladrillo, se van a pegar un buen cuentazo. Dejen de ser tan prepotentes, tan abusivos, porque cuando ustedes le quitan la palabra a un diputado, no se la están quitando al diputado, sino a los que votaron por nosotros. Ustedes son una bola de abusivos y prepotentes. Dejen de faltarle el respeto al pueblo de Guatemala.” Esta dura intervención dirigida a la junta directiva de la mesa del Congreso se dio hace unos días en uno de los debates que se suceden regularmente en el hemiciclo parlamentario. Una intervención así, dura, tajante y hasta sarcástica, parecería característica de un cierto perfil de diputado. Estas palabras podrían haber venido perfectamente de Samuel Pérez, Aldo Dávila o por alguno de los diputados de la oposición de izquierda dura. Esa que, aunque siempre se le espera, casi nunca está. Pero no, este contundente discurso en favor de la pluralidad democrática fue pronunciado nada menos que por el expresidente del Congreso y diputado del partido Unionista, Álvaro Arzú Escobar. Lo último, estimado lector, evidenciando que el sentimiento de censura y prepotencia por parte de la presidencia del Congreso recorre un espectro cada vez más amplio del arco parlamentario. Por ello, creo que vale la pena examinar cómo se desarrolla esta dinámica y reflexionar sobre las implicaciones que tiene, especialmente a la luz de la iniciativa 6145 bautizada como el “súper ministerio” por la prensa, y de cuyo debate hemos extraído la intervención anterior.
El enojo del diputado Arzú no es un fenómeno aislado. En la moción presentada por el diputado semillista Román Castellanos para archivar la ya mencionada iniciativa, se pueden contar 29 votos a favor. Dichos votos tienen una distribución, cuanto menos, curiosa. De los diputados que votaron a favor, un tercio provenían del listado nacional y un 10% respectivamente, de los distritos metropolitano y de Quetzaltenango. Es decir, más del 50% de los diputados que votaron en contra de esta iniciativa provienen de entornos urbanos y de partidos de clases medias. Los demás votos están distribuidos de manera geográficamente equitativa. Aún los congresistas que fueron electos por lista nacional responden a dicha lógica. Para muestra, precisamente el diputado Arzú, miembro del partido hegemónico de la municipalidad de Guatemala. Partidos como Viva o Creo también se sumaron a la columna del “apruebo”.
La iniciativa que ha generado tanta desconfianza en los núcleos urbanos contempla que el nuevo Ministerio de Planificación pueda, entre otras cosas, obligar a la gran mayoría de entidades públicas a responder a él y respetar su planificación. Ello, claro, sin el menor atisbo de control parlamentario sobre presupuestos, planes, ejecución o programas. El ministro, cómo es natural, le responde a la presidencia y no al congreso. El resto del gabinete le respondería a la decimoquinta cartera del ejecutivo. La distribución que hablamos antes la tiene muy presente la presidenta Rivera Por eso, no es ninguna coincidencia que el repentino cambio de lugares para “reorganizar los bloques” haya obligado a muchos de estos representantes “urbanitas” a ir al parar al “gallinero” de la parte de atrás del congreso. Desde ahí es mucho más fácil controlar, acallar y censurar a diputados incómodos como si de “patojos malcriados y respondones” en clase se tratara.
En definitiva, esta iniciativa busca convertir el congreso en un órgano meramente consultivo. Un órgano que el presidente convoca cuando se le dé la gana usando de excusa la urgente necesidad de planificación a largo plazo. Convertir al hemiciclo en un emisor de “sellos de goma” para los delirios y designios del partido oficial imitando a la Francia de Luis 14. Por el momento, y gracias a la presión y denuncia de estos diputados, la iniciativa ha regresado a “análisis”. Esto no es garantía de nada, pues la junta directiva solo busca el momento propicio para colar una ley que convierta el recinto de la democracia en algo más parecido a los congresos del partido comunista chino. La vigilancia, tanto de estos partidos urbanos de vocación democrática y republicana como del resto del arco parlamentario es imperativa. De lo contrario, el dinosaurio no solo seguirá ahí, sino que se habrá soltado por sí mismo, con nuestra aquiescencia de su correa.
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