Recuperar la genuina acción política en la época de la alienación digital

En memoria de Ronaldo Robles

Los últimos treinta años han transcurrido a un ritmo vertiginoso que han desembocado en esta época llena de desaliento y marcada por la incapacidad de la acción colectiva. Las crisis son permanentes, pero como ya lo había mostrado Naomi Klein, han sido aprovechadas para precarizar las condiciones de vida de crecientes sectores de la población. Darío Gentili ha apuntado que las crisis se han convertido en un “arte de gobierno” que no busca, desde luego, el bien común. El resultado es una desigualdad asfixiante.

Hace tres décadas, la euforia neoliberal y su glorificación de una libertad mutilada ya hacía sospechar que íbamos en una pendiente peligrosa. La globalización, impulsada por un desarrollo incontrolable de la tecnología, conducía al mundo a una etapa de disrupción que iba a afectar la acción concertada de una sociedad que debe resolver problemas globales.

Cabe mencionar que uno de los fenómenos más nocivos de esta época de aceleración ha sido el progresivo desmantelamiento del Estado, el cual empezó por medio de las privatizaciones, que como se sabe, fueron oportunidad de pillaje para las oligarquías y algunos listos que se subieron al carro del enriquecimiento ilícito. El Estado fue desdibujando sus funciones en lo que respecta al bien común, pero mantuvo su potencialidad de represión. El aparato estatal de hoy favorece a sectores económicos que se han integrado en una economía gris que se alimenta de una corrupción global que afecta tanto al sector privado como al público.

Lamentablemente, la precariedad es una condición que se ha incrementado durante la época digital. Durante una breve época se pensó que el internet iba a democratizar las sociedades porque iba a permitir la comunicación irrestricta entre los ciudadanos. Pero la realidad ha tomado un rumbo diferente al que se esperaba en aquel tiempo.

La articulación de precariedad y digitalización ha llevado a la polarización y ha afectado hasta la salud de los usuarios de las nuevas tecnologías. La situación se ha hecho más clara después de la crisis de la Covid-19; nos encontramos ahora en una crisis económica sin precedentes. ¿En realidad nos puede extrañar la diseminación de la depresión y del enojo que hace llevar a la locura personal y política? ¿Puede extrañar entonces que pululen los regímenes autoritarios, muchas veces dominados por personajes alucinantes y enloquecidos? Solo obsérvese el fortalecimiento de las dictaduras en América Central.

Hace muchos años, algunos pensadores anunciaron que la fata de esperanza es un factor que desalienta la acción colectiva. Ahora bien, la solución radica en recuperar la actividad política. La dinámica de las redes sociales no es capaz de generar una participación política; en realidad, solo nos engancha a la lógica de los algoritmos que generan un totalitarismo informático. De hecho, somos sujetos digitales viviendo, como lo dice Byung-Chul Han, una libertad ilusoria.

La tecnología ya hace posible la destrucción de la disidencia. Incluso, se ha desarrollado, como lo hace ver el profesor canadiense Ronald Deibert, la represión digital transnacional. Debemos recordar que la manipulación de las redes fue uno de los factores que llevó a Donald Trump a la presidencia. Muchos ignorarán que el mismo Facebook ha sido señalado por las Naciones Unidas de haber propiciado el genocidio en Birmania.

La tecnología, en suma, se ha convertido en un factor de poder en un mundo inestable en el que los únicos destinados a perder son los ciudadanos. Se sigue entonces que debemos escapar de las redes para descubrir la actividad política en las calles. Los límites del paradigma digital ya son evidentes. Esto implica la obligación ciudadana de abrirle los ojos a aquellos que siguen agotados de importancia frente a las pantallas. Ya no podemos caer en las manipulaciones de nuestros verdugos. Veamos la realidad y actuemos como seres dignos y racionales.

Ojalá que en estas elecciones seamos capaces de escapar del embrujo de las redes. Podemos impedir el fraude si salimos a gritar nuestro descontento a la cara de los energúmenos que nos dominan. Expresarnos en las redes es inútil si evitamos el pronunciarnos con energía de manera directa, que no necesariamente implica acciones de violencia, sino la manifestación concreta de nuestra dignidad y poder ciudadano.







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Jorge Mario Rodríguez

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Author: Maria Suarez