¿Son ustedes una piedra en el zapato para el Gobierno de EE.UU.?, pregunta este periódico. «No, somos un dolor de huevos», responde con sorna y franqueza Mickey Bergman, director ejecutivo del Richardson Center. Esta institución, creada por Bill Richardson , exgobernador de Nuevo México y exembajador de EE.UU. ante la ONU durante la presidencia de Bill Clinton, se dedica a impulsar la liberación de rehenes y detenidos de manera injusta por todo el mundo. En la mayoría de las ocasiones, se trata de ciudadanos estadounidenses retenidos en territorio enemigo; por ejemplo, en Rusia. Muchas veces, las soluciones y acuerdos que el Richardson Center impulsa para liberar a esas personas no se alinean de forma necesaria con la política que el Gobierno de EE.UU. busca mantener con aquellos regímenes. «Es una relación compleja. No porque ellos o nosotros seamos buenos o malos. Es porque tenemos perspectivas diferentes», explica Bergman. La perspectiva del Richardson Center solo es una: hacer todo lo posible para que los prisioneros vuelvan a casa. Noticia Relacionada estandar No Rusia libera a la baloncestista Brittney Griner a cambio del ‘mercader de la muerte’ Javier Ansorena La estrella de la WNBA ha salido del centro de detención en un intercambio por Viktor Bout En los últimos tiempos, su trabajo ha ganado mucha visibilidad por algunos casos que han ocupado mucha atención en EE.UU. En especial, el de Brittney Griner , la jugadora profesional de baloncesto detenida en un aeropuerto de Rusia por llevar menos de un gramo de aceite de hachís. Ocurrió hace casi un año, pocos días antes del comienzo de la invasión de Ucrania por parte de Rusia. Las tensiones políticas entre Moscú y Washington por la agresión inminente a Ucrania convirtieron a Griner en una pieza del ajedrez geoestratégico. EE.UU. lo calificó de «detención arbitraria», pero un tribunal ruso la condenó a nueve años de cárcel el pasado agosto, en medio de una guerra cruenta en la que Washington ha apoyado con decisión y decenas de miles de millones de dólares en armamento al Gobierno de Kiev. La familia de Griner no dudó en acudir a Richardson, que ha participado en decenas de negociaciones para la liberación de prisioneros en los últimos años. En septiembre, como en tantas otras ocasiones, el exdiplomático y Bergman viajaron a Moscú para buscar un acuerdo para su puesta en libertad y la de otro estadounidense prisionero en Rusia, Paul Whelan, un examarine detenido en la capital rusa en 2018 bajo acusaciones de espionaje. Sin el visto bueno del Gobierno Al tratarse de un personaje público como Griner, la prensa llamó la atención al respecto sobre ello y la Administración Biden dejó a las claras su incomodidad con la intervención del Richardson Center. «Nuestra preocupación es que los ciudadanos privados que tratan de encontrar un acuerdo ni hablan ni pueden hablar en nombre del Gobierno de EE.UU.», reaccionó Ned Price, portavoz del Departamento de Estado. Price advirtió que esa intervención «probablemente dificulta» los esfuerzos para la liberación de Griner y Whelan. A pesar de la coordinación que existe entre el centro y la Casa Blanca, el Gobierno nunca reconoce el trabajo del Richardson Center Esa es la posición que mantiene desde hace décadas el Gobierno de EE.UU.: no se pueden hacer concesiones sobre rehenes ante ningún estado corrupto u organización terrorista, cualquier capitulación solo animará a que haya más secuestros y los familiares deben guardar el máximo silencio y no llamar la atención de la prensa. Bergman defiende que hay estudios que niegan la existencia de ese ‘efecto llamada’ y su trabajo prioriza el interés de las familias, que, en su opinión, debería ser también el del Gobierno. «Lo primero es establecer comunicación con los captores, Son siempre países que tienen relaciones complicadas o rotas con EE.UU«, explica, y cita a Rusia, Venezuela, Irán, China, Corea del Norte y Siria como los ejemplos más comunes. »Después, tratamos de convencerles de que encontrar una solución les es más beneficioso que no hacerlo y por fin vemos cuál puede ser esa solución«. El problema para el Gobierno de EE.UU. es que no pueden entablar negociaciones –por ejemplo, con Rusia– y dejar a la vez de lado las líneas centrales de su política exterior, como el apoyo a Ucrania o la seguridad nuclear. «Nosotros buscamos una solución que sea aceptable para ambos gobiernos, de manera independiente. Y si lo conseguimos, entonces ellos son los que ejecutan el acuerdo», asegura Bergman. Taylor Dudley, tras ser liberado, junto al equipo del Richardson Center ABC Lo que ocurre es cuando hay un acuerdo potencial, las familias de los afectados, legisladores solidarios con su causa y la prensa presionan al Gobierno. Así ocurrió en el caso de Griner, defiende, aunque el objetivo inicial era que el acuerdo, basado en el intercambio por Viktor Bout, un conocido traficante de armas ruso encarcelado en EE.UU., incluyera también a Whelan, algo que no se consiguió (Bergman asegura que hay otro acuerdo de intercambio en proceso, «no puedo dar detalles»). Con coordinación pero sin reconocimiento «Siempre hay fricción con el Gobierno en estos procesos», reconoce Bergman. «Pero detrás de ello, también hay mucha coordinación». A pesar de ello, la Casa Blanca nunca reconoce el trabajo del Richardson Center y de otros mediadores. Sí lo hizo la familia de Griner, nada más materializarse la liberación el pasado 8 de diciembre. En su comunicado, justo después de agradecer al presidente de EE.UU. y su administración «el trabajo incansable para devolver a Brittney a casa», aseguraban: «Queremos extender un agradecimiento especial al gobernador Richardson y a Mickey Bergman del Richardson Center por su trabajo, además de por permanecer en contacto constante con nosotros». Otro intercambio reciente negociado por el Richardson Center fue el de Trevor Reed, un exmarine arrestado por la Policía en Moscú en una noche de borrachera y al que la Justicia rusa condenó a otros nueve años de cárcel por agredir a agentes. Al contrario que Griner, Reed no era famoso y su liberación tardó mucho más. Richardson y Bergman consiguieron un acuerdo para intercambiarlo por Konstantin Yaroshenko, un piloto ruso condenado por tráfico de droga. También fue clave en ese proceso Jonathan Franks, un consultor que ha mediado en muchas negociaciones similares, muchas veces en colaboración con el Richardson Center. La Casa Blanca, sin embargo, defendió que el acuerdo para liberar a Reed había sido hecho «solo por el Gobierno de EE.UU.». Richardson y Bergman consiguen sus objetivos forjando buenas relaciones con figuras poco deseables: dictadores, gobernantes autoritarios, abusivos. «Hay una diferencia entre empatía y simpatía», justifica Bergman. «Buscamos la primera, no nos alienamos con ellos. Pero nuestro trabajo no es juzgar a esas personas, sino encontrar la manera de devolver a sus casas a gente que sufren una injusticia».