40 AÑOS DE DOCENCIA UNIVERSITARIA

En 1984, fui invitado, por primera vez, a impartir una cátedra universitaria. Recuerdo que, al mismo tiempo que me sentí muy honrado por la distinción, también me embargó el compromiso y el desafío que aquello entrañaba. Y no era para menos, porque si fracasaba no solo defraudaría a quienes me habían confiado la responsabilidad docente, sino también a los estudiantes con quienes compartiría la experiencia en el proceso enseñanza-aprendizaje.

De suerte que este año se cumplen 40 años desde aquella feliz iniciación como profesor universitario; año tras año, he venido renovando mi compromiso con la educación, la que, inequívocamente, es la base del conocimiento, que, a su vez, es donde reside la esencia de la información, la ciencia, la tecnología y la comunicación eficaz, que son las fuentes del conocimiento y el desarrollo de la personalidad. Carlos Fuentes sostiene: “El capital productivo no crecerá sin el capital social y éste no aumentará sin el capital educativo”. A su vez, Carl Sagan afirma: “La ciencia puede ser el camino dorado para que las naciones en vías de desarrollo salgan de la pobreza y el atraso”.

Es todo un reto para un docente mantenerse actualizado no solo en conocimientos, sino también en la nueva tecnología educativa, con miras a que el proceso enseñanza-aprendizaje se renueve y los alumnos accedan nuevos enfoques, criterios, desarrollos y experiencias. De suerte que la disciplina y el estudio son fundamentales para el educador.

Por otro lado, el maestro es un agente de cambio, porque la educación es un factor de aceleración de la transformación social, económica, política y cultural. Inequívocamente, una sociedad que apuesta al futuro, que no desea rezagarse del mismo, debe invertir, con generosidad, en educación y garantizar a la población la calidad educativa y el acceso seguro a las fuentes del conocimiento. La educación vitalicia también debe ser efectiva, porque es inaceptable que los profesionales y técnicos no se actualicen en un ambiente cambiante.

Por supuesto, la educación debe ser universal y plural, no elitista y excluyente. Todos deben tener acceso a la educación y no solamente unos pocos. La sociedad exitosa es aquella que invierte en educación; es aquella comunidad en la que sus líderes no escatiman esfuerzos en capacitar, así como en asegurar que el proceso enseñanza aprendizaje no esté subordinado a ideologías o compromisos político partidistas. No son los recursos naturales los que hacen rica a una nación, sino su gente capaz de imaginar, crear, hacer, cuestionar y competir.

Sin duda, el mayor reto de un profesor no se reduce a proyectar su talento, su capacidad, sus conocimientos y su experiencia, ni su éxito se refleja en la transmisión de valores y virtudes a sus alumnos, sino que se traduce en ser ejemplo de vida, modelo a seguir, fuente de inspiración. Turgot dice: “El principio de la educación es predicar con el ejemplo”, en tanto que Domingo Faustino Sarmiento afirma: “Los discípulos son la biografía del maestro”.

Mucho he reflexionado sobre mi participación en la vida nacional y estoy convencido de que lo mejor que he hecho es compartir e interactuar con estudiantes y condiscípulos, así como sembrar el amor al estudio y el espíritu crítico en la juventud, a través de la cátedra. Nada más me da tanta satisfacción y tranquilidad conmigo mismo. Sin embargo, no solo he enseñado y compartido, sino que he aprendido con mis alumnos. En ese sentido, un proverbio hindú dice: “Con mis maestros he aprendido mucho; con mis colegas más; con mis alumnos todavía más”.

No obstante, 40 años en esta brega de eternidades en pos de la construcción de la conciencia en el espíritu democrático, es un aporte modesto, aunque satisfactorio para mí. Plutarco afirma: “Los cerebros no son vasos que hay que llenar, sino lámparas que hay que encender”, por lo que espero que muchas lámparas encendidas nos iluminen para salir de este laberinto de intolerancia, iniquidad y opresión.







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Mario Fuentes Destarac

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Author: Maria Suarez