De lejos, pareciera estar todo cubierto por una cómoda opacidad. A distancia, la singularidad es perceptible, aunque solo a través de un recubrimiento homogéneo, un ocultamiento común.
Verse. Palparse. Notar surcos, hondonadas, montículos, resequedades, solidificaciones, quiebres, fugas, brotes, mareas, flujos, renacimientos. Solo cuando la cercanía lo permite, la otredad se nos revela así, como un cúmulo de pieles, paisajes, texturas, tejidos vivos en el tiempo. De lejos, somos más bien una epidermis variable, pero sin dimensiones precisas en los cortes.
En el juego cotidiano de las transparencias, tal vez sea la proximidad ese camino hacia la mirada más diáfana que podemos habitar en los vínculos. ¿Qué es la cercanía sino la capacidad de percibir la profundidad de nuestros abismos, la agudeza de nuestras dolencias?
De cerca, ocultar la inevitable fragilidad que nos constituye se hace menos posible. Así, en íntima compañía, no se sostienen los artificios que inventamos sobre nuestra propia vida, por muy antiguos que sean, por muy sedimentados que estén. De cerca, develamos y nos develan.
Verse, dejarse ver
Alguien nos ve. Temblamos. Alguien nos descubre. Temblamos.
¿Por qué la vergüenza? ¿Por qué el temor a la mirada sobre la herida, sobre el asco que nos invade, sobre la debilidad más enquistada en nuestro ser? Por qué regurgitamos miedo, si solo en ese atestiguarnos nos acercamos al ser más propio, más amargamente nuestro y, por tanto, al que podría ser más dulcemente amado.
Pienso en los versos de Vilariño, en las palabras de Onetti, en los muros que edifican y destruyen. Se revuelve en mí la pena de no saber ver el deterioro de quienes amo, de ya no ser capaz de atravesar el velo de las ficciones; y me invade la fría duda de no saber –o no querer saber– cómo dejar que vean a través del mío.
Ser testigos del dolor nos lacera, aunque quizás no tanto como la posibilidad de sabernos seres dolientes, pero en absoluta oscuridad. Sufrir sin vernos, sin tocarnos, sin llorarnos, sin vernos morir, sin ayudarnos a morir, por pura ceguera, por pura lejanía.
Qué padecer tan solitario viviríamos si nunca acortáramos las distancias.
Después de las colinas del temor, algo en mí enuncia una luminosa gratitud por las personas que han contemplado mi ser más herido y, desde ahí, me han amado y me han mostrado el suyo. Atestiguarnos, descarnadas, es otra forma de pronunciar el amor.