Gran efervescencia entre el final de la copa mundial de fut y las fiestas de fin de año. Pan y circo, aunque también, una ocasión para restregarnos la conciencia con ciertas paradojas de nuestra época, aunque no nos sirva de nada.
La ignorancia y la ingenuidad son dos de las principales barreras que impiden desarrollar el espíritu crítico necesario sin el cual nuestras opiniones pierden altura al manifestar dosis esperpénticas de estupidez y de arrogancia, provocando hilaridad y cansancio en el entorno. Ese fue, justamente, mi error hace muchos años ante Adolfo Sánchez Vásquez, intelectual republicano español radicado en México, experto en cuestiones de filosofía y estética, cuando en su clase repleta de estudiantes en la UNAM, cometí la insensatez de preguntarle sobre su relación con los intelectuales trotskistas que lo atacaban rabiosamente.
En medio de un silencio sepulcral y visiblemente molesto, me sermoneó diciendo que, si yo hubiera asistido a sus clases con regularidad y si hubiera leído sus libros, sabría perfectamente cuál era la respuesta. Por supuesto que me sentí ofendido por su reacción poco pedagógica, pero con los años comprendí que él tenía razón, sobre todo cuando en la actualidad hay lectores que me increpan con preguntas que denotan un gran desconocimiento sobre ciertos temas, sobre la historia y los enfoques conceptuales en juego, y que los medios de información abordan con una deshonestidad y un maniqueísmo galopantes.
No es que uno se crea poseedor de una verdad en acero inoxidable, aunque las religiones, el neoliberalismo y los políticos norteamericanos con sus títeres europeos, afirmen que sí. Se trata más bien de desarrollar un mínimo de lucidez crítica y de comprensión de los fenómenos que se supone nos preocupan. En materia de problemas sociales y las implicaciones económicas y políticas que determinan nuestras vidas, no se puede pecar de inocencia, pues al final solo hay dos posiciones ético-filosóficas posibles ante la vida: o el pañuelo se hizo para la nariz, o la nariz para el pañuelo. Es decir, ¿vivimos para trabajar o trabajamos para vivir? En otras palabras: ¿defendemos PRIORITARIAMENTE a los trabajadores y el interés público, o protegemos sobre todo el capital y los intereses privados? Son los únicos caminos.
La necesidad del socialismo como concepción filosófica e histórica, como sistema económico-social y como orientación política, comporta lagunas, logros, tragedias y fracasos, así como experimentos variados desde hace apenas cien años. El capitalismo, en cambio, tiene más de quinientos años de desarrollo, pero está empujando al mundo hacia su destrucción debido a sus contradicciones insalvables y a su despilfarro de recursos. Tomar conciencia de ello y desarrollar un espíritu crítico que nos ayude a entender que el mundo debe cambiar de paradigma, es la única posibilidad de sobrevivencia que nos queda. La ignorancia y la ingenuidad en este campo nos llevarán directamente hacia el suicidio.
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Raúl de la Horra
Psicólogo clínico guatemalteco especializado en psicología social. Escritor y profesor universitario con experiencia en Francia, Alemania y Colombia. Actualmente radica en España.