Pese a que la migración ha sido un flujo constante desde el confín de los tiempos; asistimos en las primeras décadas del siglo, a una implosión del fenómeno. El informe mundial 2022 de la Organización Internacional para las Migraciones lo certifica: “el total estimado de 281 millones de personas que vivían en un país distinto de su país natal en 2020 es superior en 128 millones a la cifra de 1990 y triplica con creces la de 1970”. Ninguna duda, es exponencial el movimiento de las personas en el nuevo siglo. Así que no es peregrino afirmar que la migración trastorna al mundo: gobiernos imperiales construyen “cortinas de hierro”; presidentes de poca estofa -como el de este país- colocan cerradas filas de milicos y policías, impidiendo a las personas avanzar hacia el norte. Se hacen millonarias campañas disuasivas: quédate en casa. Se cambian las leyes. Este país elevó penas de cárcel a los coyotes. Cortina de humo, frente al verdadero problema: desigualdad.
Se trata de migración forzada. Aquella que con hijos a tuto desafía mares embravecidos, selvas impredecibles, desiertos calcinantes. La marcha de la desesperación. Pese a todo, la huida no se detiene. Es parte intrínseca del mismo sistema económico. Es engranaje fundamental del “crecimiento” económico. Pieza ineludible de la lógica perversa de la economía mundial. Es por ello, que pese a los pucheros supremacistas y “arios”, el capital cierra los ojos, para permitir la llegada de mano de obra, que corre hacia sus campos, fábricas y centros de servicio. Lo único que lamentan “arios” y élite económica, es que no pueden transformar al migrante en esclavo absoluto. Como sus abuelos. La oligarquía de este país navega con doble agenda. Por un ojo llora, preocupada de perder mano de obra barata, por el otro sonríe, sabe que la empobrecida familia del migrante tiene efectivo para adquirir bienes y servicios, que el monopólico y avaro comerciante le surte a “módico” precio. En ese hoyo negro, que es la contradicción entre condena y necesidad de migrantes, la peor parte –como siempre– la llevan quienes migran. Cada vez mueren más en el intento. Es el caso de guatemaltecos; sea a manos de depravados delincuente mexicanos o por policías mordelones, aunque paguen mordida.
La migración como crimen que se paga con la muerte. Terrible condena del capitalismo moderno. Como oponerse a quien busca una vida mejor. La ruta, única alternativa, trabajar por hacer de este territorio un reguero de empleo decente, producción agrícola a pequeña escala, escuela tecnológica. Becas escolares, seguridad social universal y seguridad democrática.