Esta semana, Thomas Friedman, agudo columnista del New York Times, hacía el paralelo de dos mandatarios obligados a aferrarse al poder para no caer en manos de la justicia ordinaria: Vladimir Putin y Benjamín Netanyahu. Sin considerar las causas por crímenes de lesa humanidad que ahora indician al primero, sobre ambos pesan pruebas de delitos de corrupción en el ejercicio de sus funciones.