Abrir el TikTok en la actualidad trae como condena la lluvia de videos con el ritmo pegajoso y sensual de la estrofa de El colesterol de Fito Olivares, que bailan los políticos obedientes, exponiéndose al ridículo por un poco de atención. Mefistófeles en esta época hubiera capturado almas ofreciéndoles a cambio popularidad, tener seguidores en las redes para sentir que existen. Los políticos han perdido la vergüenza, y allí están bailando el ritmito que les impone la moda para lograr votos, según ellos, porque el conocimiento es necesario para competir, pero no basta con ser conocidos, sino serlo en el buen sentido del término. En fila, en parejas, todos haciendo los mismos pasitos, tanto los desconocidos como algunos que uno imaginaría serios, como Edmund Mulet, que con tal de tener un poco de cámara no midió el mal efecto en su imagen al aparecer bailando al ritmo de: “Quieres que te guise un chicharrón, un pedazo de jamón, o prefieres pollo frito mi amorcito?”.
La culpa de todo esta lluvia de materiales invisibles en las redes sociales reside en la dificultad que ha puesto el sistema a las figuras políticas, que ahora apenas tienen tres meses para darse a conocer, y como ya no existe como en el pasado la TV que todos mirábamos a las mismas horas porque era el espacio para el noticiero, o las series estaban sujetas a un horario determinado y no se visualizaba repetición posible, concentraba espectadores y bastaba con un anuncio en los cortes para que todo el mundo se enterara de todo. Ahora no es así, porque la gente define a qué hora quieren ver qué, con o sin anuncios (se paga para evitar anuncios), y cada uno vuela por su lado, y las redes plantean combinaciones infinitas, y los algoritmos cierran el espacio a los intereses de cada quien. Si a una persona le gusta saber de uñas o de deporte, eso es lo que recibe, y lo viral que llega de colado de repente, escándalos o una advertencia de terremoto, por ejemplo, y si llegan anuncios pagados, dirigidos al grupo objetivo, la persona puede dar un dedazo hacia arriba en la pantalla y deshacerse del mensaje enseguida. Por eso, si dan una revisada a la mayoría de anuncios que ponen los candidatos en dicho canal, encontrarán que las vistas, el me gusta o compartir, se cuentan con los dedos o se dimensionan muy bajos por lo general. No se hacen relevantes, al menos que contengan algún pequeño escándalo divertido, desnudo, malas palabras o atrevimiento que prometa distracción. Para que un anuncio se difunda masivamente debe de ser viral, y eso no es nada fácil, porque simplemente sucede, y cambia a cada instante.
Las redes sociales son pues, la meta actual de los políticos, que se despedazan haciendo videos de comedia y subiéndolos a una estructura donde no levantan interés, ni pagando, e impulsan a los interesados a asumir el riesgo de caer en la ridiculez, a exhibirse para que la gente ría, se burle y lo vea realizando cabriolas. Eso pone la meta difícil para el sistema, y da ventaja a los actores conocidos, o desestimula el interés en el proceso en general.