Los santos también se equivocan (I)

¿El título de santidad exime de cometer errores? Creo que no, puesto que hasta los santos cometen errores y acaban en el infierno si no se enmiendan. Es lo que le pasó al Dalai Lama con el niño al que ofreció un beso fugaz en la boca delante de todo el mundo y la prensa lo convirtió luego en una super-noticia, evitando así hablar de otros problemas mucho más importantes que aquejan al mundo. 

Entonces, la opinión general en Occidente se ha inclinado a condenar al líder religioso de 87 años, mientras que sus seguidores intentan justificarlo arguyendo que lo del beso en la boca es habitual en la cultura tibetana para mostrar cariño, de modo que ahora los enojados son estos contra los que critican a su “santidad”.

El hecho amerita analizarlo desde diferentes ángulos, pero el espacio no nos da para tanto, habrá que dividirlo en dos o tres artículos. Mi punto de vista es que conviene ir más allá de la condena emocional, por un lado, o de la defensa pasional por el otro, para intentar abordar las dimensiones que estructuran ese “iceberg” del cual el beso es tan solo la superficie o la puntita de un fenómeno mucho más complejo que abarca al Dalai Lama como persona, como líder religioso y como dirigente político en una sociedad muy, pero muy especial, con diferentes agentes involucrados, bajo la presión de una historia cargada de intereses y conflictos geopolíticos. 

Empecemos por la parte inmediata que originó el escándalo, la del beso sumado a la expresión “¡chúpame la lengua!” que el líder espiritual lanzó al chiquillo que, visiblemente se vio un tanto sorprendido e intimidado (aunque no espantado) por semejante invitación. Hay que subrayar que el muchacho no era o no es tibetano y no pertenece a la cultura tibetana, pues el Dalai Lama se ve obligado a hablarle en inglés. 

Y es aquí donde radica, a mi entender, el error de su santidad, consistente en dejarse llevar por la espontaneidad de la situación sin tomar en cuenta el contexto, es decir, que por ser él quien es, cada uno de sus actos y palabras serán interpretados no por lo que significan para él, sino por lo que significan para los que tienen otros puntos de referencia culturales y otras formas de pensar y de actuar, sobre todo en lo que se refiere a las expresiones de afecto.

Al ver por la televisión lo que su santidad le está haciendo a ese niño que no es tibetano, el público occidental -que en ese momento se identifica con el chico y se proyecta en él-, inevitablemente lo vive e interpreta como si se lo estuvieran haciendo a ellos mismos, es decir, a cada uno, y por eso es comprensible que el pensamiento que subyace en muchos de los que se sintieron así ofendidos puede resumirse en la expresión: “¡Vete a chupársela a tu madre!”. (Continuará)  

Clique aqui para el articulo completeo

Author: Maria Suarez