Las jacarandas alcanzan su plenitud pintando el aire tibio de azul violáceo. Los cinco sentidos se avivan con paisajes, bacalaos, inciensos, bandas y mucho sol. Y uno sexto que come de recuerdos. Aunque jamás hay que olvidar que este es un Estado laico. La verdad es que cuando las pupilas se tiñen de púrpura chinto, las tradiciones se imponen junto con el olor anticuado de un pasado no resuelto. La punta de la lengua en el agujero de un mango de pita (¿pashte?). Las resinas que pican la vista y perforan el olfato hasta el ahogo. Cuando eso ocurre, entra una especie de amnistía en un rincón del corazón.
¿Cuál es el límite entre tradición y religión? Mientras lo dilucidamos, las ferias no se dan abasto. Helados y choco bananos. Jocotes en miel flotan boca arriba en grandes ollas de peltre. Boyitos, coco en dulce, tortas con ajonjolí y chocolate caliente. “Por mi gran culpa”.
Neblina de súplica y redención. Azotes de bombas procesionales. Ventas de pelotas (de tripa), trompos, pirulís, dulces de miel y panitos miniatura. Papelitos de colores. Pasión, muerte y resurrección. Matilisguates, nubes rosadas bordeando orillas de carreteras (derruidas, por cierto), esperan pacientes el paso del Nazareno; sediciosas gravileas y vainas del corozo con su olor a rancio, siempre añejo, haciendo arcos para recibir el indulto. Cofrades y cucuruchos. Concupiscencia y pecado. Mujeres enlutando su rostro inmune con mantillas caladas. Pan ázimo, vino, corona de espinas, látigo, clavos, lanza y la caña con vinagre. Cruz. Todo listo para arriesgarse a la indulgencia. Capirotes, estandartes, horquillas, andas y cargadores. Penitencia. Milagros denegados.
La arena, negra. El agua de río. El lago tibio. La gruta oscura. Tumulto de gente en los pueblos. El anda zarandeando húmedo aserrín teñido. Arrasando con frutas y requiebros.
Los conciertos ambulantes de marchas fúnebres filtran los oídos con tristeza. Y es que dan ganas de llorar.
Sí, un Estado laico, que eso no se confunda, pero con recuerdos, con las escasas tradiciones barrocas que nos revuelven el amor por esta patria. Heredadas, fusionadas, pero, al fin y al cabo, nuestras. Se puede creer o no, pero aferrarse a la “costumbre” resulta ser una opción.