El entusiasmo de la Asociación Gremial de Editores de Guatemala (AGEG) ha hecho que la Feria Internacional del Libro en Guatemala (Filgua) se haya convertido en un evento tradicional que miles de personas esperan con interés cada año. Desde hace un buen tiempo, sin embargo, el registro de la marca ha sido disputado por la Cámara de Industria de Guatemala (CIG).
Resulta muy ilustrativo que la CIG se oponga al espíritu de ese evento tan apreciado por los guatemaltecos. Las actitudes cuestionables de la CIG, especialmente en lo relativo a la crisis política de Guatemala, hacen sospechar que se esfuerzan en controlar un evento que enriquece la conciencia ciudadana.
Frente a esta actitud deleznable por parte de la CIG, debe recordarse que el hecho de que Filgua sea organizada por libreros y editores asegura la integridad del evento. Los que gustamos de la lectura siempre hemos encontrado en los editores y libreros los aliados que contribuyen al enriquecimiento de nuestro hábito. Me agrada la satisfacción del librero cuando presencia el entusiasmo del lector ante los tesoros que deparan sus anaqueles. Puedo enumerar algunas de las vivencias en las que mi mente descubrió nuevos horizontes en el seno de una librería. Los que aprecian el placer de la lectura saben que no son necesarias más palabras para describir esta experiencia que a veces cambia la vida.
En la presente coyuntura que vive el mundo el inmenso beneficio de los libros, especialmente de los impresos, se hace cada vez más evidente. En efecto, el hábito de la lectura se constituye en un antídoto efectivo para contrarrestar el declive intelectual al que parecen condenarnos la adicción a las nuevas tecnologías. El autor francés Michel Desmurget se ha lamentado que el consumo de los productos digitales sea “absolutamente brutal entre las nuevas generaciones”. Asimismo, recuerda que los niños occidentales pasan, después de los dos años, un promedio de tres horas frente a las pantallas.
Nuestra inmersión en el mundo digital nos desconecta del Otro. La perpetua movilización digital hace que nos involucremos en múltiples actividades que socavan la capacidad de concentración. El desaparecido pensador inglés Mark Fisher creó la noción de “impotencia reflexiva” para denunciar el efecto acumulado de las nuevas tecnologías en la psique humana. Cada vez asignamos más tareas humanas a algoritmos que no son transparentes incluso para sus creadores. Ya es aceptado que el uso irreflexivo de la tecnología nos está condenando a la estupidez colectiva.
Frente a la seducción digital, el libro impreso promete el vuelo de la imaginación, la reflexión sostenida que lleva hacia la comprensión del mundo y nuestro propio ser. En los últimos tiempos, los padres han abandonado a sus hijos en el mundo virtual, a veces obteniendo descanso a costa del bienestar de estos. Deberían seguir el ejemplo de algunos de los innovadores tecnológicos que evitan que sus hijos se vuelvan adictos a sus creaciones.
Las anteriores consideraciones muestran por qué Filgua debe seguir siendo una de las fiestas del espíritu de los guatemaltecos. La lectura ayuda al espíritu humano a darle un sentido a su existencia. También es idónea para brindar experiencias que liberan al ser humano de sus restricciones. La lectura hará que los menores de edad puedan incrementar sus habilidades cognitivas y reflexivas para enfrentar un mundo cada vez más complejo.
Si es posible, acudamos en familia a la edición 2023 de Filgua, la cual está organizada para julio, y tratemos de adquirir al menos un libro para seguir fomentando la práctica de la lectura. Ese hábito garantiza nuestra humanidad en una época oscurecida por la barbarie tecnológica. Los beneficios de sustituir el plano superficial de las pantallas por el horizonte infinito de la lectura son inconmensurables.