La política sin valores

Una sociedad que se empeña en alcanzar un mejor futuro debe tener claros, a pesar de los desacuerdos naturales, los valores que guiarán su acción futura. Debe identificar las preocupaciones comunes y no enfocarse en los intereses que separan. El objetivo primordial de la acción colectiva debe consistir en encontrar las soluciones a los grandes problemas, tanto globales como locales, que enfrentamos como humanidad que vive en un contexto específico.

Tal objetivo demanda una reflexión social que es difícil de realizar en una época como la actual, cuando la misma idea de valores, se encuentra en crisis. El nihilismo, la posición que niega la existencia de los valores, corroe las bases del mundo contemporáneo. Tal falencia se evidencia en la pronunciada desorientación política que parece ser un signo de los tiempos.

Desde mi perspectiva, tal corrosión axiológica —de axios, valor en griego— es una de las consecuencias de la educación neoliberal que ha prevalecido durante décadas. Durante mucho tiempo, la tecnocracia educativa desvalorizó la formación integral de los ciudadanos. La educación se concentró en promover el conocimiento “útil”, objetivo que olvida que el ser humano es un ser político y que, por lo tanto, su formación debe configurar una actitud crítica y colaborativa hacia el medio en que vive.

El vendaval tecnológico ha cumplido su parte en la corrosión de la personalidad integral. Se ha visto la forma en que la verdad tiende a evaporarse. La gente cree en conspiraciones mientras pierde la empatía. Se exhiben fotos o videos que están hechos precisamente para engañar y distraer.

Esta dinámica de empobrecimiento axiológico se refleja en la política contemporánea en donde se multiplican las manifestaciones autoritarias, tanto de derecha como de izquierda. La falta de valores abona el campo en que se desarrolla el autoritarismo.

Así las cosas, la presente campaña electoral muestra un actuar desvergonzado por parte de las instituciones. La Corte de Constitucionalidad, obligada a honrar los valores constitucionales, y el Tribunal Supremo Electoral, que tiene la misión de garantizar la integridad democrática, actúan con una desfachatez indignante sin que sus miembros siquiera se sonrojen.

Algunos detestan el discurso de los valores puesto que lo considerarán una forma de buenismo. Se puede hacer esto solo cuando no existe un conocimiento mínimo de cómo los valores operan dentro de la configuración de las actitudes profundas de una sociedad.

De hecho, el neoliberalismo vivió una obsesión cuasi religiosa por la competencia y el egoísmo, mientras la tecnología socavaba las bases de la convivencia social. Los valores como la justicia y la dignidad palidecieron ante la creencia de que el ser humano solo actúa con base en incentivos egoístas.

La crisis que menciono en este texto ya ha sido reconocida por muchos pensadores. La sensatez, sin embargo, demorará un tiempo en instalarse en el mundo. Algunos políticos empiezan a tomar esas ideas en serio. Existen instituciones internacionales que han identificado caminos prometedores., como es el caso de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. En países que tienen un cierto liderazgo tecnológico ya ha empezado a notarse los efectos contraproducentes del desarrollo atolondrado de la inteligencia artificial.

Lo que necesita nuestro país es que estas ideas empiecen a manejarse en la discusión diaria, que se hagan evidentes en cada paso de nuestra acción cotidiana. Es imposible vivir siempre de espaldas a los verdaderos problemas que plantea la situación actual. De otro modo, solo nos quedará quedarnos de brazos cruzados a presenciar el siguiente paso en el desarrollo del crimen organizado como anti-modelo de gobierno. Esta campaña electoral debiera ser un paso en la dirección correcta y ningún voto debería darse a los enemigos de la sociedad guatemalteca.

Clique aqui para el articulo completeo

Author: Maria Suarez