A partir de los años 80 del siglo XX, la observación electoral ha sido un factor fundamental en muchos procesos electorales en América Latina, como una forma de contribuir a que exista transparencia de las autoridades y partidos políticos antes, durante y después de la votación. En la actualidad son una herramienta consistente que favorece la democracia.
Guatemala no ha sido la excepción. Cada vez se ven más organizaciones de la sociedad civil interesadas en este tipo de acciones, mientras que la comunidad internacional acompaña a las entidades y ONG locales, con el fin de garantizar que la población sea partícipe de un proceso limpio y transparente.
Más de 9.3 millones de guatemaltecos están llamados a votar el 25 de junio en las elecciones generales y en la eventual segunda vuelta el 20 de agosto, con el fin de elegir no solo presidente y vicepresidente, sino también diputados y corporaciones municipales, es decir, todo lo que podríamos llamar el poder político, que imperará durante los próximos cuatro años, a partir del 14 de enero de 2024.
Aunque no tienen un mandato vinculante, los llamados observatorios electorales se convierten en una especie de jueces extraoficiales para verificar que los procesos cumplen con las normas legales y que no existen abusos o anomalías a lo largo del proceso. Se puede decir que lo ideal es hacer verificaciones a partir de la convocatoria, hasta el anuncio de los resultados oficiales.
En términos generales se puede decir que los observatorios electorales se han convertido en uno de los protagonistas más importantes en cada una de las elecciones. Ahora se empiezan a escuchar las voces de quienes ya realizan esta labor en el país y no son pocas las ONG y organismos internacionales que se han pronunciado sobre diversos hechos ocurridos en el proceso electoral.
Se ha advertido sobre la temerosa contratación del sistema informático para trasladar resultados, se ha dicho que se observa un sesgo a la hora de excluir y aceptar ciertas candidaturas y también que no se observa independencia de parte de los magistrados del Tribunal Supremo Electoral (TSE).
Se critica la falta de transparencia en sus acciones, así como la falta de apertura para que los organismos internacionales tengan acceso a todo lo que sucede. No fue bien vista la decisión de los magistrados de no reunirse con embajadores de los países donantes, el llamado G13, que agrupa a países amigos y organismos que contribuyen con financiamiento para nuestro país.
La seriedad de los observadores radica en su independencia. No son ONG vinculadas al TSE o el oficialismo –al menos la gran mayoría– y tampoco tienen vínculos con partidos políticos. Esto es lo que produce que haya garantía sobre su accionar.
En varios países, como fue el caso de Bolivia, fueron los observatorios internacionales, encabezados por la misión de la OEA, los que denunciaron la “manipulación dolosa” e “irregularidades graves”, que impidieron que el fraude se consumara.
Los medios de comunicación independientes nos convertimos también en una especie de observadores, ya que tenemos acceso –por vía de las investigaciones periodísticas– a información sensible, además de reproducir la información que producen los observatorios.
Para el elector es importante esta labor manera independiente, pues constituyen una especie de guía para saber lo que está sucediendo y el respeto auténtico que puede, o no, existir hacia la voluntad popular. Normalmente son grupos que tienen experiencia en este tipo de fiscalización electoral y pueden detectar cuando se produce manipulación o se intenta un engaño.
Nuestro caso tiene un agravante, ya que el sistema político ha venido cooptando la institucionalidad y esto ocurrió desde antes de iniciarse el proceso electoral. Sin embargo, los observatorios han tomado cuenta de ello y ya principian a escucharse voces de alarma por la forma parcializada en que resuelven las altas cortes de justicia, a donde pueden ir a parar impugnaciones a resoluciones que se emiten.
Sirva pues como un llamado a los electores para escuchar a este tipo de observatorios e ignoren aquellos que, de entrada, se han plegado al oficialismo, haciendo más bien pactos bajo la mesa para no hacer señalamientos que puedan entorpecer los deseos del sistema por retener el poder bajo la fachada de democracia.