Jamás se me había ocurrido tal cosa. Nadar cerca de tiburones, digo. De hecho, cuantas veces había ido al mar desde pequeña, o mis familiares o yo cuando ya era un poco mayor, averiguábamos con sumo cuidado si había en ese lugar – fueran las playas de San José, Chulamar, Iztapa, Champerico, Ocós, etc., si había posibilidad de encontrarnos con tiburones.
Los lugareños, que tenían un color de piel envidiable -por el sol que tomaban desde la mañana cuando salían a la pesca hasta el momento en que regresaban a la playa a vender lo que habían atrapado en sus redes o anzuelos- se reían de nosotros y juraban que esos animales solamente se hallaban mar adentro. Muy lejos, y no se les veía nunca en esa parte hasta donde llegaban los bañistas: donde comienzan a crecer las olas que se alzan majestuosas y que más de algún revolcón sobre la arena oscura de El Pacífico podía darnos. Y nos daba.
Lo mismo preguntábamos en Las Lisas o en Monterrico. Lo mismo nos respondían las personas que allí vivían: “No hay tiburones, pero báñense con cuidado por el Alfaque”
Muy niña confundía las palabras Alfaque y Alfanje, que en los libros que nos leía mamá, eran cosa peligrosa, muy peligrosa.
Y escudriñaba las olas que siseaban maravillosamente sobre aquella arena oscura del Pacífico, arrastrando hasta la orilla conchas y caracoles bellísimos. Los recogíamos y para no pelear por ellos con otros niños, inmediatamente los guardábamos en las cajas que nuestros abuelos nos habían dado para esconder tales tesoros.
Hacia el fin del año los moluscos, pequeños y delicados que casi siempre habitaban adentro de duras pero bellísimas alhajas marinas, desaparecían. Nunca supimos a dónde iban (hasta el día de hoy lo ignoro).
Andando el tiempo fuimos también a las costas guatemaltecas en el Caribe. Allí, el mar se volvía menos agresivo y bañaba Livingston y Puerto Barrios con mucha calma. Penetraba en el Río Dulce y cuando llegaba al Lago de Izabal ya había perdido casi todo su sabor salino.
En diversos pueblos de la Punta de Manabique también había tesoros para guardar: conchas y caracoles de colores más claros que habían vivido en esa parte del Mar Caribe que lame cariñosamente las costas de Belice, Guatemala y Honduras.
Lo más que pudimos ver eran unos peces que parecían tener una melena alborotada. Rodeado todo su cuerpo de pinchos nos explicaron que les llamaban Carajuelos. El capitán de un barco anclado en Puerto Barrios nos previno:
“No vayan a tocar a los Carajuelos porque se van a espinar”.
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Hará 20 años, mi hija Silvia y su esposo nos pusieron, en el asiento trasero de su carro, a mis nietos Gabriela y Alejandro y a mí.
El destino final era el Cayo Caulker, un cayo beliceño que, me juraron, tenía casas, calles asfaltadas, restaurantes y playas preciosas. Además estaba un poco lejos de las costas de Belice, lo que le daba un sentido de lejanía en el Mar Caribe, y sus habitantes se ufanaban de tener servicio eléctrico.
Para ir al Cayo Caulker hay que tomar un yate de tamaño mediano que sale raudo por la mañana y llega a su destino en 4 o 5 horas, dependiendo del tiempo: calmado o con vientos.
Hasta entonces, y durante muchos años, había visitado con amigos o familia aquellos que llamamos Cayos de Belice que se encuentran más cerca de las costas de Guatemala. Había que llevar tiendas de campaña, suficiente alimento para cocinarlo en el propio barquito que nos conducía. Y vivíamos lejos de otros seres humanos, excepto de Junior, un beliceño que tenía su propio velero y que nos permitía recoger agua del pozo que había excavado cerca del rancho donde vivía. Tan escondido entre las palmeras que costaba verlo.
Volvería a los Cayos Zapotilla, -como se llaman o les llaman- un fin de semana cualquiera. Si algún amigo tuviera un yate que puede dirigir y que posee un radio que se conecta con Miami, ciudad de donde salen las noticias del tiempo que tendremos para saber, si se espera tormenta o no, dónde se puede anclar el yate para evitar desastres.
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Pero hablábamos del Cayo Caulker, inmenso al lado de los más cercanos a las costas guatemaltecas.
Sus habitantes se enorgullecen de poseer calles como Dios manda, el servicio eléctrico es para todo el mundo, abundan las casitas de dos pisos, construidas con los materiales que se consiguen en el cayo.
Y por supuesto, restaurantes. Con deliciosa comida caribeña, bebidas naturales frías, aguas gaseosas y cerveza para quienes quisieran.
Está también el hotel grande, el Tom’s. Y una serie de cabañas frente a la playa rodeadas con cercos de bambú adornados con floridas plantas.
Al principio cuesta acostumbrarse al inglés que hablan los habitantes de Cayo Caulker, pero inmediatamente se aprecia la dulzura de su estilo. A ellos les costaba entender nuestro inglés, posiblemente más duro.
Hacia las 5 de la tarde pasaban los vehículos que fumigaban diariamente las calles y veredas.
Al día siguiente de haber llegado y mientras desayunábamos, llegaron a ofrecernos un viajecito en lancha a poca distancia de la costa. Existía la posibilidad de meternos en el mar y nadar entre animales marinos.
El primer día me di un susto que por poco no me alcanzaron los brazos para acercarme a la lancha. Los isleños se reían de mí y de todos los turistas que también buscaban el refugio de la chalupa. Queríamos regresar a tierra firme.
Pero al segundo día las cosas fueron mejor. Cuando entramos al mar haciendo de tripas corazón, solo había manta rayas que casi flotaban. Muy tranquilas. Y poco a poco se fueron acercando los tiburones. Sí, verdaderos tiburones que por el hábito que tendrían de ver turistas tensos o alborotados, se desplazaban despacio, calmados.
A lo mejor muertos de la risa en sus entrañas.
Mis nietos estaban felices porque ninguno de sus amigos, en el colegio, había hecho semejante cosa, y cuando regresaran iban a presumir frente a la clase.
Yo he callado durante todos los años que han pasado desde aquel viaje. Pero hoy se me ha ido la lengua. Tengan la gentileza de disculparme.