Sobre libros, ferias y la historia de la cultura guatemalteca

Los libros son peligrosos si afrentan a los valores, mitos, historias e intereses de los poderosos. Y el ego duele más si lo golpean con palabras verdaderas. Pero los libros también pueden dañar el desarrollo de una buena ciudadanía y de un buen gobierno si se producen en un contexto sin libertad de expresión y de consciencia y si su función principal es legitimar al orden vigente. Así, ningún libro es políticamente neutro, todas las ideas implican una postura a favor o en contra de un estatus quo. Por esto es por lo que tenemos milenios de estar registrando y destruyendo las ideas que plasmamos en barro, papel, piedra o en microchips: porque tenemos el contradictorio deseo de controlar a los demás y de liberarnos del yugo que otros nos imponen.

Irónicamente Guatemala, en donde los poderosos han recurrido más a las armas, a la justicia o a la compra de voluntades para crear o mantener su poder, es uno de los países latinoamericanos que me parece que tiene una mayor y mejor producción intelectual y artística. Aquí, en dónde la educación pública y privada está por los suelos, como lo demuestran los pobres resultados de las pruebas de escritura y matemática, parece tener más escritores por metro cuadrado que el resto de Centroamérica y que algunos países de Sur América. Curiosamente Guatemala, en dónde intelectuales de izquierda fueron asesinados durante la Guerra Fría y en donde los partidos de izquierda han tenido poco éxito político, es un país en dónde las ideas de izquierda parecieran florecer mejor en el mercado literario. Más bien nuestra situación debería favorecer el subdesarrollo intelectual y editorial, una producción literaria irrelevante, sumisa, militarista y conservadora y una demanda insensible. Pero, entonces, ¿por qué a tantos chapines les importan los libros? ¿Cuál es la función de los libros en una sociedad en donde las condiciones favorecen el subdesarrollo intelectual? ¿Por qué la producción literaria de derecha pesa menos en el mercado nacional de las ideas?

Aunque no tengo una respuesta segura a estas preguntas, sí intuyo dónde podemos encontrar algunas respuestas. Primero, la literatura maya ha protegido y legitimado la identidad de sus pueblos por los últimos dos mil trescientos años. Sus textos, escritos en diversos materiales, como el Popol Wuj, los memoriales indígenas y su tradición oral tienen vigencia hasta nuestros días y han inspirado a nuestra literatura e identidad nacional. Los textos legales de la Conquista y de la época colonial española también han cumplido un papel político importante. P.ej., el nefasto Requerimiento, inventado por el jurista Palacios Rubios, fue el texto que legitimó, a ojos de los conquistadores y frailes españoles, los abusos en contra de los indígenas americanos. Adicional a este género, la crónica se fue un instrumento legal para reclamar privilegios, entre conquistadores y conquistados, y para criticar la misma Conquista. Por ello es por lo que Bernal Díaz del Castillo y su descendiente, Fuentes y Guzmán, usaron la crónica para justificar la Conquista y reclamar privilegios ante la Corona de España.

Durante la Guerra Fría el libro fue un arma de la guerra ideológica. El testimonio, como género literario, sirvió para criticar a los gobiernos militares y le permitió a Rigoberta Menchú, nuestra segundo Premio Nobel, comunicar sus ideas a nivel global. Y con el fin de la Guerra Fría se desarrolló un mercado literario en donde el revisionismo histórico y la literatura lúdica -como las novelas históricas o juveniles- han tenido mayor demanda. Y mientras que los géneros lúdicos aún parecen ser inocuos para estatus quo local, el revisionismo histórico, como heredero de la Guerra Fría, no lo es.

Pero, la reacción de algunos grandes empresarios y sus representantes en contra de este revisionismo ha sido contraproducente. Lejos de promover la competencia literaria por vía del financiamiento de intelectuales profesionales y buenos artistas afines a sus valores e ideas, su respuesta ha sido la habitual. Primero, intentaron controlar el mercado literario nacional vía la apropiación judicial de la marca FILGUA -el principal espacio de convivencia y promoción literaria de Guatemala-. Esta medida evidenció su desconocimiento de la cultura literaria nacional, pues equipararon la organización de la feria a un puro proceso logístico, ajeno a los debates políticos que le dan vida a la feria, en un contexto de libertad intelectual. Segundo, han financiado obras de pobre calidad intelectual y artística y que replican sus prejuicios ideológicos reaganistas y que desprestigian su aporte cultural. Estas acciones surgen de su desconfianza a la labor crítica de los intelectuales nacionales, afines o no, y de un contexto en donde el poder y éxito económico dependen de la fuerza y del privilegio, más que de la competencia o del mérito. Por ello, el desarrollo cultural de Guatemala depende de que quienes se sienten ofendidos aprendan a competir intelectual y artísticamente en el libre mercado de las ideas.

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Author: Maria Suarez