Una encuesta, cuatro punteros, pero separados en dos bloques. Adelante, una que se esperara y su acompañante, la aparente sorpresa. Pero ojo, en la política no hay sorpresas, solo sorprendidos. Lo que muchos estiman como el producto de una red social, que por primera ocasión hace su aparición, representa algo más. No sale de la nada, tampoco es una respuesta de coyuntura; pero tampoco es un actor individual que busca protagonismo electoral.
La llegada del “protagonista del momento” representa la consolidación de ese tipo de actor que elegantemente podemos denominar “los emergentes”. Han estado en los círculos secundarios de la política por décadas, pero es hasta en las últimas cuando se consolidan, desplazan a los actores tradicionales. Tienen los mismos o más recursos que los actores antes exclusivos. Pero sus espacios de maniobra van en alza; han pasado de la subordinación a la convivencia, y de esta al protagonismo y direccionalidad de las decisiones.
Antes sus centros de interés eran los gobiernos locales, los círculos destinados al control político territorial. De allí escalaron hasta tener representación en el Congreso. Pero eso no es suficiente. Ahora van por más y lo están logrando. Lo que ahora tenemos por delante es la representación visible de ese proceso de gestación de un poder que colisiona, se enfrenta a las corrientes tradicionales. Incluso tiene un discurso antioligárquico. Propone la nacionalización de la energía eléctrica. También cuestionan los acuerdos comerciales porque han beneficiado a los de siempre. Pero al final, y allí radica lo preocupante, se erigen como la llegada y desplazamiento de un bloque de poder por otro, con diferentes modos, aparente cercanía con las personas; pero en realidad con similares o peores despropósitos que los círculos de poder relevados.
Estos últimos, los representantes de las luces que se apagan no quieren asumir que su posibilidad de somatar la mesa ha ido de más a menos. Se resisten a afrontar una realidad: el poder y sus juegos no son infinitos, menos aún si estos se han jugado en extremo mal; con lógica de azadón, extremadamente cerrados, considerándose aún reminiscencias de la conquista y asiduos practicantes de expresiones propias de siglos pasados. Ellos generaron las condiciones para el relevo, y ahora este ha llegado. Quieran o no asumir, sus tiempos llegaron a este momento. Pero como en los juegos de poder no hay vacíos, estos son llenados por una nueva expresión de desalmados, pero que quieren aparentar que tienen guante de seda, que son nuevos, que harán lo que los otros no pudieron o no quisieron. Nada de ello es cierto.
Las expresiones de poder en este país, antiguas o emergentes persiguen los mismo. En este caso, posicionarse, ganar legitimidad, alcanzar espacios a través de una elección que solo sirve como espacio formal de relevo, y allí en adelante hacer de las suyas; esto es, colocarse en sitios claves para ocupar lo que les han sido ajeno, lejano e incluso contrario. Ha llegado el momento de la recolocación: tienen recursos, control territorial, planes y lógica por operar. ¿Qué les ha faltado? Alcanzar los espacios políticos que el sistema creó para beneficiar a otros, pero que ahora están a su alcance para replicar el mismo proceder. Incluso si no logran la presidencia ya han logrado un avance vertiginoso que podría ser sostenible y por tanto irreversible: ocuparán una gran porción de espacios en la próxima legislatura y más gobiernos locales. Entonces miremos el bosque y no solo el árbol que “atrae”.