El mito del cambio

Hablar de cambio cuando todo cambia, o de cambiar para que todo siga igual (como en la película Gatopardo de Tomasi di Lampedusa) es la fórmula común en los períodos electorales.   Los candidatos que no tienen nada qué ofrecer para tratar de ganar las elecciones llaman al cambio, que quiere decir cambio de personas, de otros a ellos, de un caudal de empleados públicos, porque van nuevos al empleo a costa del desempleo de otros, de la suerte de particulares por la suerte de los demás, porque en lo que se refiere al proyecto de país el cambio no favorece la actividad sino la suspende.   En materia de elecciones “cambio” no significa mejoría, pero sí continuidad del sistema, lo que implica una suerte de suspensión, un triste juego de sillas musicales y un gran riesgo de retroceso, de empeorar en lo público, porque en lo privado todo sigue su rumbo, la población se las arregla por su cuenta para prosperar, porque según las teorías de Darwin en la lucha de la Naturaleza sobreviven los más aptos.

La modalidad de los gobiernos democráticos nuestros ha sido un desastre porque cada cuatro años hay cambio, sea el presidente positivo o negativo, igual cambiamos, y la rivalidad para la sucesión está vinculada a la decadencia.  El atractivo no reside en el servicio ni en la honra, sino en los beneficios.   Es decir, el avance contemporáneo de Guatemala no deviene del Gobierno central sino del municipalismo, que tiene la oportunidad de hacer efectivas las transformaciones y completar proyectos en el tiempo, porque el cambio no es obligado.

La competencia para llegar al Gobierno es lamentable, los contendientes llaman al cambio por cambiar, sin ofrecer nada claro, donde lo que importa es ser ellos conocidos, y para lograrlo hacer el ridículo en las redes sociales copiando a la “estandupera” mexicana Gaby Navarro, quien se volvió viral con su personaje Blanca Vergel realizando una sátira de los políticos, con su creación de una falsa candidata que divierte en el tiktok, como aquí lo hacen en serio candidatos como el Jhonny, que imita a la ficticia Vergel pero de verdad, divirtiendo a la gente y humillándose casi de rodillas para que por favor voten por él, porque “quiere ser diputado”.   Es una vergüenza para el país y sería aún más humillante verlo ganar, porque conduce a lo más bajo posible la condición de padres de la patria.

Nos iría mucho mejor en lo público con menos cambios.  La prosperidad nacional está sustentada en la estabilidad de los gobiernos locales, porque allí existe la opción de pensar a largo plazo.   Se debería de copiar el modelo y permitir la posibilidad de la reelección, con la opción de cambio si no funciona, porque eso alentaría el trabajo y la confianza, y el avance colectivo iría de la mano de los más aptos.  Lo que más daño nos hace es tanto cambio.   

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Author: Maria Suarez