A través de las corrientes de pensamiento llamadas posmodernas se ha dado en los últimos cuarenta años un cambio de paradigma –sobre todo en el terreno de las ciencias sociales–, consistente en adoptar una perspectiva no positivista en la percepción de lo que llamamos “realidad”, lo que acentúa su enfoque subjetivo y relativo, abriendo así una brecha conceptual importante en la comprensión de lo que normalmente se ha entendido por “conocimiento” y por “verdad” objetiva, dos palabras estrechamente ligadas.
El posmodernismo, inspirado entre otras muchas influencias por la teoría de la relatividad de Einstein y la física cuántica, se convirtió en un cuestionamiento epistemológico que permitió contrabalancear algunas frías y rígidas tendencias de la ciencia, como la de pretender transformar la “verdad” –cualquiera que esta fuere– en un martillo con el que podía dársele una lección a todos los ignorantes. Sin embargo, como suele pasar con el péndulo de los movimientos históricos, el posmodernismo también pecó de un exceso de euforia y se lanzó a “deconstruir” (esta era la palabra-tótem), a menudo de forma irresponsable y poco rigurosa, muchos ámbitos del conocimiento, desvirtuando su aporte original.
¿Cómo conciliar estas dos grandes e importantes tendencias epistemológicas? Hoy, es común aceptar la idea de que todo conocimiento es incierto, inexacto y parcial (esto lo sabía ya la ciencia positiva, pero el posmodernismo vino a reforzarla), lo que nos salva del pensamiento dogmático. Pero, por otro lado, a partir de la absolutización mal entendida de esa afirmación, surge el peligro de pensar que, si es así, entonces no pueden existir verdades contundentes y objetivas, porque todas las verdades son siempre relativas y subjetivas (dependen de las circunstancias y del sujeto que las enuncia), con lo cual caeríamos en el absurdo radical de no poder nunca afirmar (o negar) nada de nada, cosa aberrante para la ciencia, pero más aún, para la experiencia empírica.
Pienso que la cartografía como ciencia puede servirnos de modelo para entender lo que quiero mostrar. La cartografía, desde el origen de los tiempos, ha ido dibujando progresivamente las diferentes representaciones o mapas de esa realidad innegable que son los mares y los continentes. La existencia, ya sea deducida o empírica de esos mares, es una VERDAD cuya verosimilitud va tomando forma y se confirma como REALIDAD abierta a medida que se avanza en la observación y en la experimentación, sin que jamás el CONOCIMIENTO que se tenga de esos mares y tierras pueda agotarse de manera cierta, exacta y total, pues el mapa no es el territorio.
Entonces, ¿hay verdades? Claro que las hay, sobre todo si se profundiza en la complejidad del conocimiento empírico. Es una cuestión de MÉTODO, sumado a un elemento clave: la HONESTIDAD.