Ante esta lamentable debacle no cabe la metáfora. Solo la lágrima. La que acompaña una despedida. ¡Y sí!, lloro!
Me despido insistiendo en que la democracia de la votación es insuficiente para garantizar la eficacia y la eficiencia en la gestión pública. Ahora se trata de incluir a los ciudadanos en decisiones con mayor participación y empoderamiento en los asuntos que le afectan. ¿Nos vamos a dejar? ¿Cruzamos brazos? Hablo de promover la legitimidad, convivencia y calidad de vida. Enfrentar la desigualdad. O sea, el legítimo poder político del y para el pueblo. Porque cuando mueren democracias, resucitan dictaduras. Se esfuma la paz. Y lo que tenemos hoy se acerca demasiado al indeseado absolutismo. Retraso, incompetencia y corrupción. Transas y trancas. Y este botón de despedida es suficiente para entenderlo.
Bien servida está la intolerancia. Miedo a la discrepancia; a las diferencias. Silencian a la oposición.
El umbral de la intransigencia y el castigo a la libre palabra se tornó feroz. Y las consecuencias son terribles. ¿Lo vamos a permitir?
El autoritarismo aflora. El acoso y la criminalización afloran. Y luego, ¿persecución penal? ¿Exilio?
Jamás olvidemos que la libertad de expresión es fundamental para hacerle un alto al totalitarismo.
Bueno. La oscuridad ahoga, nos encierra. Y ahora toca encontrar la llave. Por la libertad y la utopía. ¡Juntos! Porque el Ave Fénix siempre retorna.