Antonio Ledezma: Pasado, presente y futuro

Los pueblos, al igual que los seres humanos, maduran a través de sus tránsitos históricos. No se trata de mirar atrás con nostalgia estéril, ni de contemplar el presente con resignación. Se trata de asumir la historia como un maestro riguroso. Venezuela se encuentra hoy en una encrucijada donde confluyen tres tiempos: un pasado del que debemos aprender, un presente que nos golpea pero nos sacude la conciencia, y un futuro que tenemos la obligación de diseñar con grandeza, audacia y, sobre todo, una profunda dosis de esperanza.

El pasado: Lecciones de éxito y advertencias del error

Para avanzar con paso firme hacia el porvenir, debemos extraer del pasado dos lecciones fundamentales. La primera es un inventario de advertencias: los errores cometidos que jamás deben repetirse. La nueva era que estamos llamados a fundar debe basarse en proyectos viables, adecuados a las realidades globales, y no en la improvisación, las ocurrencias del momento, los mesianismos personales, el populismo o los caprichos dictados por núcleos de presión.

Pero la segunda lección del pasado es el extraordinario inventario de éxitos, conductas ejemplarizantes y visiones de Estado que demostraron de lo que somos capaces cuando la meritocracia, la honestidad y las coordenadas programáticas guían la gestión pública. No se trata de imitar aquellos tiempos, pues las realidades cambian, pero sí de tenerlos como un norte de excelencia.

Cómo no recordar la pulcritud y el talento con que se seleccionó a los gerentes de la naciente PDVSA en las figuras del General Rafael Alfonzo Ravard y el ministro de Petróleo Valentín Hernández, hombres que demostraron que la capacidad técnica y la probidad moral no eran negociables. O el desempeño espectacular de Leopoldo Sucre Figarella al frente de la Corporación Venezolana de Guayana (CVG) y el Ministerio de Obras Públicas, una mística de constructor que también encarnó, desde otra acera política y en otro gobierno, un servidor público de primera línea como José Curiel.

La eficiencia tuvo nombres propios: José González Lander conduciendo con maestría la colosal obra del Metro de Caracas; Virginia Betancourt sembrando el país con una red ejemplar de bibliotecas públicas; Arnoldo Gabaldón liderando con vanguardia las políticas ambientales; o el Maestro José Antonio Abreu, quien con sensibilidad y genialidad organizó el milagro del Sistema de Orquestas Infantiles. Todo cuanto se logró edificar en sistemas de electricidad, en redes de acueductos y saneamiento ambiental, fueron frutos de planificadores y de gerentes capaces y eficaces. No se debe entender estas referencias como una melancolía por el pasado. Son análisis de esos ciclos, cuyos modelos, marcos y contextos han sido superados y no encajarían con las nuevas realidades. 

Con respecto al recurso humano, la verdad es que al día de hoy Venezuela cuenta con una cantera prodigiosa de talento humano. Miles de mujeres y hombres bien formados, con brillantes credenciales que los hacen meritorios para ocupar altas responsabilidades. 

Tuvimos proyectos emblemáticos como el Plan de Becas Gran Mariscal de Ayacucho y programas sociales que dignificaron a millones de familias que fueron protagonistas del ascenso social verificado en las décadas de democracia. Fuimos capaces de fundar un archipiélago de conocimiento con la creación de universidades como la de Oriente (UDO), la Rómulo Gallegos, la Ezequiel Zamora, la Universidad Simón Bolívar (USB), la Lisandro Alvarado (UCLA), la Universidad Experimental del Táchira (UNET), la Simón Rodríguez, la Universidad Nacional Abierta (UNA), la Francisco de Miranda, la Universidad Politécnica Antonio José de Sucre (UNEXPO) y la Universidad Pedagógica Experimental Libertador (UPEL).

Sin embargo, ese brillo se opacó por errores de fondo que pagamos caro: la prolongada congelación de las libertades económicas bajo el amparo de un proteccionismo estatal infinito; la contención de una descentralización que tardó demasiado en llegar hasta que la impulsó Carlos Andrés Pérez; las fórmulas de tiempo que permitieron la reelección presidencial; y el anquilosamiento de las jefaturas partidistas refractarias a los necesarios cambios. Este último defecto dio lugar a esquemas clientelares y desviaciones que terminaron convirtiéndose en el caldo de cultivo perfecto para la antipolitica.

El presente: El amargo aprendizaje del maleficio populista

El presente nos deja la lección más dura, pero quizás la más necesaria: no se puede jugar con el maleficio del populismo. Hoy la nación entera constata que de esos liderazgos mesiánicos lo único que queda es el autoritarismo, la liquidación sistemática de las instituciones, y una oscura estela de violaciones a los derechos humanos y a la propiedad privada. Hemos sido testigos del saqueo de las riquezas nacionales por parte de regímenes que no rinden cuentas porque, atrapados en la soberbia, se sienten dueños del Estado y pretenden usurpar, de manera totalitaria, la voz del pueblo.

Esta tragedia es nuestro espejo más doloroso, pero también nuestra mayor escuela. Nos enseña que la democracia no es un estado natural ni permanente; es un bien sagrado que hay que cuidar, regar y defender día tras día. Cuando la perdemos, comenzamos a darnos “golpes de pecho” por no haber valorado a tiempo su verdadero significado y su inmenso valor. La libertad se defiende cuando se tiene, no cuando ya es un eco en el recuerdo. ¿Qué se incurrieron en errores? ¡Si!, pero eso no es pretexto valedero para colocar las riendas de la nación en manos de golpistas contumaces, como lamentablemente se hizo a partir de 1999. 

El futuro: El talento humano y la fuerza de las instituciones

De cara al porvenir, la primera gran verdad que debemos asimilar es el fin de un mito: ese viejo cuento de que somos ricos porque tenemos petróleo y minerales en el subsuelo es falso. Lo repito hoy con más convicción que nunca: la verdadera, inagotable y auténtica riqueza de Venezuela está en el talento de su gente, en su capital humano.

El futuro nos exige poner en marcha la construcción de instituciones sólidas y vigorosas. Solo un país con un andamiaje institucional fuerte puede funcionar correctamente en lo económico, en lo financiero y en lo social, garantizando servicios públicos eficientes y dignos para su población.

Para construir esa Venezuela del mañana, debemos sellar un compromiso histórico en torno a los siguientes pilares: Planificación contra la improvisación: Gobernar basándonos en proyectos científicos y consensuados, nunca más en el capricho de un caudillo. Alternabilidad democrática: Poner un punto final definitivo al reeleccionismo presidencial. La alternancia y el pluralismo son el oxígeno de la libertad. Responsabilidad financiera: Crear fondos de reserva cuando contemos con ingresos excedentarios. Aprender a ahorrar en los tiempos de vacas gordas para proteger a los ciudadanos en los tiempos de dificultades. Limitar los endeudamientos en nombre de un Estado todopoderoso. Blindaje democrático: Darle un piso fuerte a nuestra democracia, atendiéndola constantemente y no dando jamás por sentado que está libre de acechos o peligros.

Finalmente, el esfuerzo más noble será el de formar ciudadanos. Hombres y mujeres con valores firmes, principios éticos incorruptibles, que luchen legítimamente por su bienestar individual, pero que al mismo tiempo se esmeren, con su trabajo diario, en hacer grande a la patria amada. La reconstrucción de Venezuela no será obra de un milagro, sino del esfuerzo consciente de una sociedad que aprendió de sus errores, que sobrevivió a su peor tormenta y que hoy se levanta con la frente en alto, llena de fe y con un contundente mensaje de esperanza. El porvenir nos pertenece.

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Author: Pablo Perez