
El sofá cuelga de una cuerda y desciende lentamente desde un cuarto piso agrietado. Abajo, varios vecinos lo esperan con los brazos extendidos para evitar que golpee el suelo. Nadie pierde de vista el edificio. Cada minuto dentro de esa estructura dañada implica un riesgo, pero dejar atrás los muebles y los electrodomésticos puede ser aún más devastador. En La Guaira, once días después de los terremotos que sacudieron la costa venezolana, cientos de familias regresan a sus hogares inhabitables para rescatar todo lo que todavía pueda salvarse.
Por Infobae
La escena se repite una y otra vez. Sofás suspendidos por cuerdas improvisadas, sillas que bajan desde balcones resquebrajados, refrigeradores transportados entre varias personas y bolsas de ropa apiladas sobre la vereda. Allí donde antes había edificios llenos de vida, hoy quedan fachadas partidas y calles convertidas en depósitos improvisados de los recuerdos que sobrevivieron al desastre.
Entre los muebles amontonados aparece Dayali López. Revisa su teléfono, acomoda las pocas pertenencias que logró recuperar y mira hacia el edificio donde hasta hace unos días vivía con su esposo y sus dos hijos. Cuando le preguntan qué queda dentro de su casa, guarda silencio durante unos segundos antes de responder.
“Qué pregunta tan difícil. Porque en el fondo sé que es un hogar. Mi corazón se queda allí, mi esencia se queda allí, mi anhelo por La Guaira se queda allí, y el amor con el que hemos trabajado tan duro para construir un hogar se queda allí. Eso es lo que nos mantiene adelante… somos fuertes, somos resilientes, y estoy convencida de que vamos a salir adelante”.
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