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Venezuela atraviesa uno de los más grandes duelos colectivos de nuestra historia moderna. Al país que sufría bajo una de las dictaduras más indolentes de la historia, le ha tocado padecer, además, esta experiencia traumática. Aunque muchos no perdimos, por suerte, más que un par de adornos durante el doblete sísmico del pasado 24 de junio, tantos compatriotas perdieron sus vidas, sus familias, sus afectos, su propia historia… Evidentemente, duele, y a muchos nos duele, aunque no lo hayamos vivido.
Pasados varios días, llega la interrogante: ¿y ahora qué? Para quienes lo vivieron perdiendo todo, o alguna de esas partes esenciales de sus vidas, y aún pueden contarlo, se avecina un proceso terrible, inimaginable. Para quienes solamente llevamos ese duelo, ese sentido de culpabilidad que los psicólogos definen como “síndrome del sobreviviente”, una reacción psicológica natural ante un evento traumático, pero cuyas vidas siguieron adelante casi intactas (nadie puede quedar igual luego de lo vivido estas semanas), nos toca seguir: por nosotros, por los nuestros y por el país.
Mientras se respira, late el corazón y nuestra sangre se irriga por el cuerpo, debemos vivir. Sí, procesarlo, entenderlo y permitirnos la oportunidad de continuar con el regalo que nos dio la vida; hoy respiramos un día más.
Venezuela, hoy más que nunca, nos necesita firmes, fuertes ante cada reto que se avecina, incluida la transición que es imperativo se dé ya para superar esta etapa, para poder afrontar la realidad que el mundo pudo constatar en los últimos días: nosotros no tenemos un gobierno que se preocupe por su gente; por el contrario, ha demostrado de manera monumental su desprecio por la vida de los venezolanos.
Humanamente estamos solos; eso sí, y no es poca cosa, siempre con Dios.
Atentamente;
Fernando Pinilla / @fmpinilla
