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Para reconstruir a Venezuela luego del doble terremoto no basta tener un plan. Involucra una gesta.
Nuestro país enfrenta una triple tragedia. Demandará todas sus energías para poderla superar. A la devastación del régimen fascista que redujo su economía a la cuarta parte, desmanteló sus instituciones y dañó, irremisiblemente, su infraestructura de servicios, se suma una deuda pública de gigantescas proporciones y de dudosa legitimidad, que mantiene aislada a Venezuela de los mercados financieros internacionales. A esta doble desgracia le sucede el terrible cataclismo del 24 de junio, con demasiadas pérdidas de vida, con viviendas y negocios destruidos, agravado por la incompetencia, desidia y ausencia de preparativos para afrontarlo, de quienes aún nos gobiernan. El desarrollo de las labores de recuperación habrá de revelar una magnitud y una profundidad aún mayor del desastre.
Es fútil estimar los montos requeridos para superar esta triple tragedia. Sobrepasa con creces nuestras posibilidades actuales. Devolverles a los venezolanos condiciones de vida dignas, esperanzadoras, no resultan de cálculos de tecnócratas sentados detrás de sus computadoras. Pero tiene sentido indagar el origen de los recursos que se necesitarán para ello y cómo hacer para multiplicarlos.
La primera respuesta ante el doble terremoto, la de los rescatistas voluntarios que, espontáneamente, fueron organizándose para socorrer a quienes pudiesen con las escasas herramientas a su disposición y, luego, buscaron coordinarse con la invalorable asistencia de brigadistas especializados de países amigos que fueron arribando, da la clave de lo que puede hacerse. La investigadora, Carmen Beatriz Fernández, en un artículopublicado en La Gran Aldea, “Tocqueville en La Guaira”, nos hace llegar, emotivamente, el punto. Refiriéndose al impacto desolador de la tragedia, relata:
“… casi con el mismo ritmo con que llegaban esas fotografías agobiantes, comenzaron a aparecer otras muy distintas: arquitectos ofreciendo evaluar gratuitamente viviendas; médicos y psicólogos organizando atención voluntaria; empresas prestando maquinaria; iglesias improvisando refugios; universidades coordinando brigadas; cocinas comunitarias naciendo en cuestión de horas. Infinidad de iniciativas colaborativas en internet hacían balance de daños, buscaban desaparecidos, ubicaban mascotas u ofrecían horas de voluntariado. Y, desde Madrid, Bogotá, Miami, Santiago o Buenos Aires, venezolanos organizaban campañas de ayuda para personas a las que probablemente nunca conocerán….”
Roberto Casanova, economista, ahonda en la significancia de tan importante respuesta cuando afirma en otro artículo, “La Casa común”, publicado en ese mismo medio, lo siguiente:
“…es el momento en que la ética de la vida en común se vuelve responsabilidad política. De esa decisión depende que la casa común pueda empezar a reconstruirse….”
Éstas precisiones, avaladas por muchísimos testimonios, refuerzan la idea de que las posibilidades de enfrentar y superar los terribles desafíos de hoy se acrecientan cuando se logra articular, eficazmente, los esfuerzos de todos. Constituye lo que se conoce como capital social, poderosísima herramienta para la acción cuando se le es capaz de convocar. La activación consciente para propósitos comunes y la disposición a relacionarse con otros para ello (asociatividad), se traduce en solidaridad, confianza y consideración por los intereses compartidos. Potencian las posibilidades de los esfuerzos colectivos. La tragedia revela que, entre venezolanos, incluyendo, claro está, los ocho y tantos millones de la diáspora, tal potencialidad está ahí. El desafío está en activarla. Y no ocurre por decreto: resulta de la confianza depositada en quienes han sabido ejercer su liderazgo, decisivo para la reconstrucción.
Lamentablemente, en un país cuyas instituciones sucumbieron ante una dinámica perversa de abusos que buscaban provecho propio, las necesidades de coordinación, plantea un reto aún mayor, sobre todo, en un ambiente de escasos recursos. Los procedimientos, normas y estructuras que, en lo formal, identifican a las instituciones, descansan su eficacia operativa a un ámbito informal de valores y propósitos comunes, de hábitos y cultura compartida. Pende de personas ganadas por la idea de cumplir con sus funciones y no trampearlas para beneficio personal. Es otra vertiente del capital social que, desgraciadamente, fue destruido por el chavismo. Restituir, por medio de reformas, estímulos y recursos apropiados, los fines para los cuales fueron definidas esas instituciones complementa las tareas de un liderazgo que esté a la altura de las circunstancias. Supone tener visión, disponer de planes y saber rodearse con los mejores para incitar las respuestas requeridas. Todo ello debe suscitar la confianza y la credibilidad para concertar con organismos internacionales y países amigos, los recursos, la asistencia técnica y el apoyo en áreas diversas para recuperar, cuanto antes, posibilidades para que los venezolanos puedan establecer en su propio país condiciones dignas de vida.
Convocar eficazmente los recursos, talentos y ánimos de los venezolanos, y coordinar estos esfuerzos bajo un liderazgo que inspire confianza por su visión, planes y prioridades, está fuera del alcance del equipo que el gobierno de Trump designó para administrar su protectorado. No es legítimo y se percibe cómplice de los desmanes urdidos por el fascio-madurismo sobre la población. Se le asocia con la depredación de Venezuela, amparada en la opacidad, la no rendición de cuentas y el apoyo militar. Que no se haya reformado este componente (militar), es señal de que, en vez de convocarnos a todos para la reconstrucción, lo que se convoca es el miedo que emana de las amenazas de represión.
Grandes problemas demandan grandes soluciones. La movilización de los venezolanos para la reconstrucción, tanto los que permanecen adentro, como los que nos encontramos afuera, implica activar sus potestades de pueblo soberano, capaz de tomar las decisiones que se requieren y de comprometerse con su ejecución, afianzadas en el rescate del Estado de derecho. Tal legitimidad, coherentemente articulada en programas e iniciativas compartidas con la sociedad civil organizada, será capaz de concertar la asistencia de cuantiosos recursos y apoyos con la comunidad internacional. Desde luego, el elemento legitimador es la convocatoria, con todas las garantías del caso, de comicios presidenciales y legislativos para alinear las autoridades públicas con la voluntad popular y asegurar que estén a la altura de las exigencias que demanda sus responsabilidades en tan difíciles momentos. Una junta provisional y representativa de gobierno (oficialismo y oposición democrática) es propuesta válida para acometer estos fines. Debería contar con el visto bueno del gobierno de USA. Es menester abrir el juego democrático para forjar los liderazgos que puedan movilizar los recursos y esfuerzos para superar, progresivamente, los enormes desafíos del presente. Y en ese empeño, nadie puede ser excluido(a). La experiencia ejemplar de la organización que se forjó para asegurar los testimonios del voto (las actas) y defender los resultados de las elecciones del 18 / 07 / 2024, bajo el liderazgo de María Corina Machado y de su equipo, no pueden pasarse por alto. Ahí hay una expresión clara de la respuesta que debe activarse. Marco Rubio no puede hacerse el ignorante de ello.
La enorme demanda por soluciones, los vacíos dejados por la devastación madurista y el terremoto, así como el potencial representado por tanto recurso abandonado por la desidia de años, ofrecerán oportunidades de negocio, más si el tutelaje gringo acota las corruptelas. Más dudosos serán los USD 100 mil millones (o más) para alcanzar eventualmente niveles de producción petrolera para generar los ingresos que puedan respaldar un ambicioso programa de reestructuración de la deuda pública y proveer suficientes ahorros para la reconstrucción. En el marco tan precario que ofrece la continuidad del Rodrigato en el poder, difícilmente podrán desarrollarse a plenitud las potencialidades del país.
Humberto García Larralde, economista, profesor (j), Universidad Central de Venezuela, h[email protected]