
El griterío y las risas de decenas de chicos que corren detrás de una pelota, contrastan con el drama que sufren sus padres en uno de los “campamentos temporarios”, como las autoridades de Venezuela llaman a los centros de desplazados. Según datos oficiales, unas 16 mil personas están en alguno de los más de 50 puntos habilitados, donde instalaron literas, lugares para comer y enormes carpas.
Por Clarín
La cancha de césped sintético con pista de atletismo del Polideportivo José María Vargas refugia a unas 1300 personas. Clarín visitó el centro de desplazados una semana después de la tragedia que provocaron los dos terremotos consecutivos. Las historias son dramáticas. A los que les quedó algo de su casa en pie, no ven la hora de volver, y otros se encogen de hombros porque no saben qué pasará con su futuro.
“Estaba con mi nuera y su bebé de un mes. Me caí, me hice un morado y cuando pude levantarme salí corriendo a buscar a mi mamá, de 79 años. Cuando subí a ver a mi hijo, que vive arriba, lo encontré con su bebé entre las rodillas para protegerlo”, relata Eyeida García, que a la hora del terremoto atendía en su kiosco.
Una vez que encontró a todos sus familiares con vida, la primera reacción fue correr hacia el Polideportivo. Comenta que lo hizo toda la comunidad, eran unas mil personas. Se acomodaron para dormir a la intemperie y al otro día llegó la ayuda del gobierno, carpas del Ejército, y tiempo después, la de la ONU.
“Gracias a Dios no se nos vinieron encima las dos casas que están al lado, pero sí sufrimos daños en la estructura. Ya fui damnificada en 1999, fue demasiado. Yo quiero irme a mi casa”, remarca Eyeida.
Lea más en Clarín
