El ex vicepresidente Joe Biden ya fue declarado presidente electo de Estados Unidos, no obstante, el resultado de los comicios aún es incierto; situación que promete prolongarse unos cuantos días más. Los resultados son oficiales hasta el momento en el que cada estado los certifica. En adición y sin ninguna evidencia, el presidente Donald Trump denunció que hubo fraude en la votación y presentó demandas ante los tribunales pertinentes, alargando más aún la proclamación de un ganador. Trump no concederá la victoria a Biden y dará la última batalla en las Cortes, alegato que deberá sustentar con evidencias reales y fidedignas. Lo que se espera es que los contendientes se comporten a la altura de su posición, pero Trump, fiel a su estilo, escogió el camino que toman algunos prófugos de la justicia en Guatemala al ser sepultados en las urnas. La democracia se impondrá, independientemente de quién ponga los obstáculos en el camino de la verdad. Como bien dijo Biden en su discurso poselectoral, “hay que ser pacientes”. A diferencia de países como el nuestro, en Estados Unidos las instituciones son sólidas y la democracia robusta; lo cual permite que el sistema sobreviva ante los ataques de quienes buscan socavarlo.
Con la salida de Trump de la Casa Blanca, termina lo que bien denominó Biden como una “sombría era de demonización”. La democracia le permite a ese país retomar el camino del respeto, la decencia y la verdad. No es un tema de ideología, al menos no todavía. Por ahora, no es más que el rescate de una nación que poco a poco perdió protagonismo y el lugar que le corresponde. El país más poderoso del mundo no puede verse desde 280 caracteres, operar desde la incertidumbre de las mentiras, fomentar la polarización y exaltar la confrontación. Su solvencia estaba en tela de duda; ahora se abre la oportunidad de retomar el camino. La tarea no será fácil, pues el legado Trump deja una nación dividida por una confrontación sin pudor. Donald Trump supo utilizar las espadas ideológicas, despertó pasiones capaces de relegar la ética, la moral y los principios. Con la bandera de ser provida y suponiendo ser un defensor de la fe, muchos le son fieles seguidores a este que en repetidas ocasiones ha dejado en evidencia lo lejos que está de ser un hombre solvente, ético y moral. Pero las luchas ideológicas opacan la mirada y hacen tolerantes a quienes ven sus pasiones atendidas. No sé realmente qué es mejor para Estados Unidos y por ende para el mundo, si la línea republicana o la línea demócrata. Pero de lo que sí estoy seguro es que ninguna de las dos es la correcta, si es dirigida por alguien como Trump.
Lo mismo aplica para nosotros en el subdesarrollo. No me atrevería a aseverar cuál es el mejor camino para lograr el necesario cambio de rumbo, pero estoy convencido que no lo haremos con las opciones que tenemos. Nuestra raquítica institucionalidad e insípida democracia son incapaces de hacer valer el sentir de la mayoría. Mientras sigamos defendiendo posturas religiosas, viendo comunistas en cada esquina, suponiendo que todo empresario es explotador y todo campesino guerrillero, seguirán desfilando candidatos presidenciales que terminan dándose a la fuga después de declarar fraude electoral. Utilizar una boina de kaibil y verlo desfilar en una marcha provida es suficiente para darle el voto. En su caso, no fueron suficientes los de mente obtusa para darle a este la mínima oportunidad; pero no será el último en intentarlo. Espero que el cambio de rumbo en el norte nos salpique y nos encauce en el rescate de nuestra institucionalidad, que permita poner en marcha una verdadera democracia capaz de hacer hablar al pueblo como hoy lo ha hecho el pueblo estadounidense.