Estamos en la semana de la Navidad, el tiempo de dar gracias a Dios, tanto por todo aquello que tenemos y apreciamos, como de resignación por quienes sufren y en memoria de quienes han partido de nuestro lado. Es difícil practicar el sabio decir que nos han enseñado desde niños y que reza: “Dios concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor para cambiar las cosas que puedo, y la sabiduría para reconocer la diferencia”, pero que es la base para poder transitar en paz de mente y espíritu en nuestras vidas. Es la filosofía que permite enfrentar el COVID de frente, sin descuidar las medidas de prevención, manteniendo el enfoque en el trabajo y la visión que se puede construir un mejor futuro. Lo nuestro no es determinar el origen del COVID o si vendrán otros en el futuro, pero sí de definir que los enfrentaremos sin miedo, con las medidas adecuadas y el convencimiento que somos capaces de superar este y cualquier otro reto que se nos presente.
Este ha sido un año particularmente complicado y debemos aceptarlo. Contentos que termine y con firme esperanza que podemos labrar un mejor 2021. Este año ha sido una oportunidad para poder compartir más en familia. Difícil por las limitaciones de espacio, ingresos o estado de ánimo. Positivo porque los desafíos unen a las familias que mantienen su amor y respeto, donde se ven los problemas como oportunidades y no solamente como motivos de cólera y frustración. Ha sido un año para revalorar la familia y la elección de haber trazado un futuro en común. En este sentido, este año ha sido un período para que las relaciones se fortalezcan o terminen por reconocer que sus tiempos ya son historia. Un año para reconocer lo que no podemos predecir o controlar, pero sí sobre lo que podemos edificar: el amor, la solidaridad, la comprensión y la determinación.
Es también un año que ha permitido el tiempo y el encierro necesario para repensar nuestro futuro. Son tiempos de definición sobre nuestros propósitos, objetivos, nivel de compromiso, capacidad de adaptarse ante entornos cambiantes y la disposición de convivir en una nueva realidad de cambios disruptivos crecientes. Podemos ver este año como el principio del fin, o el nacimiento de una nueva era. Un año de definiciones, para jóvenes, adultos y personas de la tercera edad. Cada quien debe hacer en estos días la reflexión personal, sabedores que no hay respuestas buenas o malas, tan solo opciones personales. No perdamos la oportunidad de terminar este 2020 con las reflexiones necesarias que nos fijen con claridad y certeza la forma con la que deseamos enfrentar el futuro.
Es también, una oportunidad de repensar el presente y futuro de nuestra comunidad y de nuestro país. Nadie debe de engañarse que Guatemala enfrenta un deterioro institucional y un abandono de su clase política, más interesada en sus beneficios personales que en el bienestar nacional. Es momento de definir qué les exigiremos como ciudadanía. No es posible que sigan pensando que pueden hacer piñata del Presupuesto, que pueden seguir fortaleciendo sus vínculos con los poderes oscuros y el narcotráfico. Es momento de tomar decisiones: se decide abdicar los derechos de los ciudadanos en beneficio de estas pirañas o se les pone presión para cambiar o salir de una vez por todas. Guatemala necesita cambios en el 2021 y nosotros debemos presionar en esa dirección. Por el bien del futuro de nuestras familias y de este frágil sistema democrático. Que esta Navidad nos dé luz e ilumine el accionar personal, familiar y colectivo, y nos dé la fuerza y convicción para no claudicar. ¡Feliz Navidad, para todas y todos!