Las palabras y las cosas

¿Somos las historias que nos contamos? De hecho, parecería que en realidad sí somos las historias que nos contamos en lo personal y en lo social. Agustín, el obispo de Hipona, ciudad de Numidia en el norte de África, escribió sus Confesiones a finales del siglo IV, para “construirse” él mismo su propia persona. Unos 1,500 años después, un médico vienés de nombre Sigmund Freud desarrolló un método de “curación del alma individual”, mediante la palabra que recontaba y reconstruía la historia personal vivida. 

Así como la terapia por la palabra es capaz de “curar” al individuo, así también la palabra puede construir y reconstruir a las sociedades que han perdido su “alma”. Se dice que Jesús, un judío excepcional, sentenció hace unos 2 mil años: “¿De qué le sirve a alguien ganar el mundo, si pierde su alma?”. Por desgracia, es evidente que hoy muchos individuos y muchas sociedades han perdido su “alma”. El incesante trajín de la vida moderna tiene ese efecto. Solo la reflexión sobre la propia historia quizás puede ayudar a recuperarla. 

El sociólogo, economista y filósofo alemán Ferdinand Tönnies distinguió entre lo que son las comunidades y las sociedades. Las primeras son vida social en común, duradera, genuina y afectiva; mientras que la sociedad es solo una vida en común, pasajera, instrumental y voluntaria. Así, la comunidad es entendida como un organismo vivo natural, y la sociedad como un agregado y artefacto mecánico, producto de un contrato. En la época moderna, en el siglo XVII, apareció la idea de la “República o la Politeia”, como producto de un contrato social. Tal fue la idea planteada por el inglés Thomas Hobbes y posteriormente adoptada por John Locke, Juan Jacobo Rousseau e Immanuel Kant, entre otros. Las comunidades naturales tradicionales, sociales y políticas se fueron transformando gradualmente en sociedades de individuos que voluntariamente contrataban con otros su pertenencia, sus derechos y sus obligaciones para sus consocios. El individuo era así el verdadero soberano, que soberanamente cedía ciertas facultades estipuladas al gobierno. 

¿Qué se ganó y qué se perdió en esta profunda transformación sociopolítica? Evidentemente surgió el “individuo libre” de toda atadura tradicional, ahora solo sujeto a los términos acordados en el contrato. El afecto a la comunidad natural habría de desaparecer poco a poco y el “individuo libre” devendría en un ente “cosmopolita”, sin patria y sin raíces. Un individuo que sin dificultad se adapta y adopta cualquier circunstancia que le conviene. El hombre y la mujer como individuos ganaron su libertad. Nada los constriñe. Todo es fluido. Los “roles” se escogen y se asumen. El género —constructo social— y quizás las preferencias sexuales también se eligen, pero ¿se habrá perdido algo en esta revolución? 

Emilio Durkheim, sociólogo francés, considerado el “padre de la sociología” como disciplina científica, analizó entre otros fenómenos sociales el suicidio y la “anomia”, como resultado de las rápidas transformaciones que el mundo europeo estaba viviendo en los años finales del siglo XIX. En realidad, el rompimiento de las comunidades tradicionales como resultado de la Revolución Industrial no solo mataba el “alma” de las comunidades, sino que también el “alma” de muchos de los “individuos liberados” quienes perdían su razón para vivir.

Reconocernos y reconstruirnos, mediante las palabras y las historias que nos contamos, puede quizás ayudarnos a recobrar nuestras comunidades y nuestras “almas”, “almas” perdidas por las ansias de libertad absoluta.

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Author: Maria Suarez