Con la llegada de la década de 1990 el antropólogo Jesús García Ruiz empezó a tejer redes con universidades nacionales —él un guatemalteco que de joven se marchó a Francia, donde se formó y se construyó una respetable carrera como cientista social— y decidió trabajar en el marco de las negociaciones de los Acuerdos de Paz, tiempo en donde se respiraba una débil esperanza de que se podría construir otro país.
Era una Guatemala descabezada intelectual y académicamente por el arrasamiento de la Usac, por la destrucción física de liderazgos urbanos y por el genocidio ejercido contra los saberes locales de las comunidades mayas. En otras palabras, existía una sed por analizar e interpretar la realidad nacional que aún sangraba. Chus —como lo llamábamos— leyó esa realidad, y eso lo llevó a impulsar la generación de conocimientos desde Guatemala, eso le facilitó construir procesos de formación de posgrado para quienes no podían acceder a estudios en el extranjero. Así, Chus junto a otros académicos abrieron la primera maestría en antropología y etnología entre la Universidad de París VIII y la Universidad del Valle de Guatemala.
Esa maestría recibió a un colectivo de profesionales que iban de las ciencias sociales a ciencias médicas interesados en adquirir instrumentos metodológicos para leer e interpretar nuestra realidad que buscaba acabar con un conflicto armado de más de tres décadas, que mantenía heridas abiertas, aunque en ese momento no sabíamos de la profundidad de esos dolores.
Por eso, ese espacio se convirtió en una esperanza para construir cuadros de pensamiento con algunos profesionales que habían sobrevivido la represión estatal. Un elemento clave que Jesús identificó y que era innegociable era garantizar la participación de mujeres y hombres mayas urbanos y rurales interesados en formarse para luego incorporarse como actores a sus comunidades o regiones.
Quienes participamos en la primera generación de esa maestría tuvimos espacios de aprendizajes en donde participaban intelectuales guatemaltecos y franceses, quienes llegaban a compartir sus investigaciones. Para mí, esta experiencia fue un acercamiento que me trajo las primeras semillas que germinaron dentro de mí y corroboraron mi deseo profundo por reconocer que ese era el camino que deseaba recorrer y que, posteriormente, me llevó a dejar mi país buscando poder estudiar a tiempo completo para entender mi realidad y usar estratégicamente los privilegios relativos que poseía.
Esta semana me llegó la noticia de la partida de Chus y cerrando mis ojos me trasladé a las discusiones que él promovió sobre lo efímero en lo religioso y en lo político; lo sacralizado en la cultura; la resistencia entre los procesos de aculturación y la homogenización desde el Estado; las contradicciones entre las pertenencias y las afiliaciones o la necesidad de crear paralelamente la base ideológica y la base económica para lograr niveles de liberación. Gracias Chus por tu aporte, en un momento de urgencia, por cultivar el debate nacional.