La lluvia pasa

El sonido de la lluvia sobre tejas o láminas de zinc en el pasado, unido a los apagones y al murmullo de los rezos, sigue sucediendo aunque con menos misterio, porque ahora ya sabemos por las noticias en qué consiste el fenómeno y sus posibles alcances. En tierra accidentada, de montañas y volcanes, un día son los terremotos, otro las erupciones y siempre la lluvia, que espera la tierra pero si se sostiene por varios días se torna peligrosa, amenazan los deslizamientos, salta el horror en las áreas vulnerables donde es prohibido vivir pero igual se ubican las personas en acto de conquista, aferrados a pedazos de tierra endeble a la orilla del barranco. 

Una joven mujer que vive al borde del precipicio me cuenta que duerme del lado firme y sus tres hijos junto al muro de block que da al vacío, pero que cuando empieza a llover largo y tendido, y las horas pasan, ella se mueve al lado de sus hijos, por si esa noche les tocara. Una mujer que habita en las proximidades del puente de Belice, que baja y sube gradas a diario, dice ufana que no se refugia porque si le llegara a tocar un deslave, ella se pondría de pie para presenciar el apocalipsis, porque si Dios quiere que viva, todo se hundirá menos su metro cuadrado.

En el pasado no éramos tantos los habitantes, en La Antigua no había peligro de barrancos, pero el agua golpeaba el techo incansable, el patio se humedecía, en las calles se formaban inmensas avenidas, y para acudir al colegio nos poníamos botas de hule y cubríamos con capas coloridas, llevábamos los cuadernos en el bolsón de cuero, y a aprender. Nada nos detenía. La lluvia continuaba empapando la tierra, y las montañas que nos rodeaban se ponían verdes y disipadas detrás de una bruma espesa. En una ocasión llovió toda una semana sin parar, y de noche hicieron el llamado a correr a protegernos al convento de la Escuela de Cristo, porque una correntada de agua que arrastraba piedras y camiones venía destruyendo todo a su paso. En el segundo nivel del convento medio en ruinas esperamos cubiertos con colchas el amanecer, y la buena noticia de que la furia de la Naturaleza se había topado con la cruz del Calvario. Regresamos a casa aliviados.

Las erupciones eran todo un espectáculo, y aunque amedrentados por los tumbos y cubiertos de ceniza que se escurría por las canales y tapaban los drenajes, íbamos en familia a presenciar el momento de las llamas al anochecer, desde el parque central. Imagen infantil que tengo grabada en la mente.

Y qué decir de la memoria del terremoto de 1976, porque cierro los ojos y todavía siento el bamboleo, el ruido de las cosas al caer, la puerta de la habitación abriéndose y cerrándose movida por una fuerza fantasmal, y la espera más tarde en la calle, presenciando los cables de electricidad echando chispas como látigos de fuego, sin orden ni control. Casas totalmente destruidas, muertos en las vecindades, el silencio. 

Guatemala es un país hermoso, lleno de prodigios, donde estamos acostumbrados a enfrentar catástrofes y a levantarnos, desde el momento cuando sale el sol. 

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Author: Maria Suarez