Siang: El hilo de la vida (VI parte)

Cuando empecé en la universidad, decidí trabajar en las mañanas y pagarme yo misma mis estudios. Mi primer trabajo fue de bibliotecaria en la Facultad de Ingeniería, después vinieron otros más. Pero, de repente me encontré con un gran dilema: o estudiaba Letras y Filosofía, y ahí estaba la tremenda sombra de mi amado padre y sus colegas que me conocían desde pequeña, o me dedicaba a la Historia. Opté por la segunda y enseguida me sentí muy cómoda y con excelentes profesores. La verdad es
que amo la Historia. Es la ciencia o disciplina de los ¿por qué?, de los ¿cuándo?, ¿dónde?

Se conoce y estudia la humanidad entera y vamos, poco a poco, descubriendo cómo pensaban, anhelaban, sufrían, deseaban, creaban y luchaban los seres humanos y por qué rumbos, caminos o veredas hemos llegado hasta el momento actual. Es una ciencia que lo lleva a uno a acercarse a diversos pensamientos e ideas, con lo cual empezamos a buscar la libertad. Por eso, la carrera no fue un impedimento para especializarme en Letras; al contrario, con el bagaje que de alguna manera llevaba, me abrió muchos y vastos horizontes. Me atreví a ser una alumna más de los cursos que mi padre impartía.

Aprendí mucho y también padecí mucho. Como hija única, él quería que yo fuera perfecta y sus expectativas sobrepasaban mis posibles talentos. Fuera del aula, nuestro cariño y profunda amistad se fue consolidando y asegurando, hasta que llegamos a ser los mejores y más leales amigos y nos daban horas conversando y discutiendo sobre cualquier tema.

No cabe duda de que la frase “cada uno es hijo de sus padres” encierra algo más profundo que lo que la expresión dice. Quizá podremos llegar a ser sus discípulos, sus seguidores, sus iguales o sus contrarios. Creo que en realidad cada uno es “hijo de sus propias obras”. Razón tenía Don Quijote cuando aseguraba y proclamaba, con cierto tono de desparpajo: “¡Yo sé quién soy!”. En realidad, ¿quién es el que es capaz de decir eso? Sin embargo, eso es lo que yo hurgaba y exploraba, “llegar a ser yo misma”, ni más ni menos. La afanosa y constante búsqueda de identidad con el fin de poder realizarnos.

Casi puedo predecir que si esto lo leyera Sigmund Freud, es posible que me hubiera tildado con el rótulo de “complejo de Electra”. Puede ser que en algún rincón del inconsciente quizá tuviera razón, pero la verdad es que yo amaba a mi padre y a mi madre, que eran tan diferentes, pero tan humanos. Les debo a ellos la riqueza interior que me enseñaron con su ejemplo : la disciplina, la honradez, la lealtad a los amigos, el respeto a los demás, y la fidelidad a la palabra dada.

El respeto y admiración que con sus conocimientos, sabiduría y humanidad mi padre levantaba en sus alumnos, oyentes, lectores y amigos, lo aseguraron y lo reconocieron como uno de los humanistas más notables del país. Todavía ahora, años después
de su fallecimiento, se sigue hablando de él y de lo que le dio a la educación, cultura e intelectualidad de Guatemala. Dejó muchos discípulos destacados; pero ¿dónde encajaba yo? Su presencia seguía siendo demasiado fuerte.

(Terminará…)

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Author: Maria Suarez