La semana pasada me reuní con un amigo que, aunque sabe mucho de economía, me dijo que ya no quería hablar de ella. Pero al final por supuesto fue el tema que abordó gran parte de la plática. Analizamos el ambiente mundial en donde todos esperamos que venga una recesión ocasionada por los miles de millones de dólares que se emitieron y regalaron por la pandemia de COVID-19. Pero nuestra conclusión, que a todas luces puede estar equivocada, es que nuestra bendita Guatemala una vez más puede pasar bien librada de esta crisis mundial gracias al esfuerzo de nuestra gente trabajadora. Ningún ente del Estado puede “adueñarse” de esta constante y tranquilizadora estabilidad económica inigualable en toda Latinoamérica. Falta mucho por hacer y es precisamente la pobreza generalizada de muchos guatemaltecos la que los ha forzado a salir adelante sin esperar apoyo de ninguna autoridad.
Rápidamente veamos por qué acá no se vislumbra ningún riesgo extremo como sí se dará en otros países. Las tasas de interés subirán efectivamente, pero como no tenemos una deuda externa avasalladora, el impacto será leve en nuestra balanza comercial. Los pequeños y medianos empresarios, no digamos los de la economía informal, tienen poco acceso al crédito, o sea que la subida de tasas no los afectará. Nuestros productos agrícolas han subido sus precios internacionales, por lo que como se da en el caso del azúcar, la tranquilidad llegará no solo a los ingenios sino a la banca nacional. Los productos no agrícolas, especialmente el textil, han subido la demanda y seguirá, aunque haya crisis en EUA porque los grandes retailers dejarán de comprar en Asia y en la región no nos damos abasto para lo que nos piden. Pero la verdadera causa de nuestra estabilidad y la que definimos que tiene el menor riesgo de perturbarse, es también la más triste y desgarradora, la emigración de nuestra gente. Miles de trabajos nunca más serán realizados por norteamericanos, no importa el sueldo ofrecido. Ese vacío lo llenan los miles de centroamericanos que llegan de manera ilegal a realizarlos. Los casi veinte mil millones de dólares que recibiremos este año son fiel testimonio de que nuestro activo más preciado, nuestra gente, ha puesto en riesgo su vida para encontrar allá lo que acá no pudimos darles. Cualquier efecto inflacionario exagerado en EUA afectará, pero a nuestra gente no, porque no hay sustitutos. En el peor de los casos habrá menos demanda de gente, pero los que ya están allá seguirán mandando sus remesas y si hay inflación serán más dólares.
Acá como “no pasa nada”, pues no hemos empezado a hacer el trabajo que nos urge para que Guatemala esté mejor. Los millones de dólares que recibimos, que se convierten en consumo e impuestos, seguirán viniendo. Pero si hoy no hacemos algo para invertirlos, tarde o temprano llegará el día en que todo lo que no ha “pasado” en treinta años se dé en una tormenta terrible de la que no saldremos bien librados. El Estado no puede seguir haciendo piñata de los impuestos que genera nuestra economía apoyada por las remesas. Debemos invertir en infraestructura que dure, que no se hunda. Debemos traer esas industrias del nearshoring para que se generen puestos de trabajo formales. Creer que los próximos treinta años serán igual de estables que los anteriores es como “oír tronar y no persignarse”.