Hoy se cumplen treinta días que mi cuentacuentos, Adolfo Rolando, descansó de los goces y vicisitudes de este mundo. Murió como mueren los privilegiados, los que no sufren largas agonías o penitencias inexplicables: nada de hospitales, nada de crucifixiones inútiles, un infarto al miocardio al amanecer después de dormir en su cama. Cabal, como si hubiera pedido al destino un viaje a la carta y a Dios, compasión para su voluntaria vida solitaria.
Hablar de la relación de cariño con un hermano no es fácil, porque alrededor del tema se tejen también historias salpicadas de malicia, pero el mío no es el caso, para una interpretación ajena, ya que fuimos huérfanos de padre desde nuestra temprana niñez. Crecimos muy unidos y yo, como la menor entre tres hermanos hombres, no puedo decir que fui la consentida, pero sí que me miraban como una florecita debilucha y sin color que tendrían que cuidar. El primero fue quien se preocupó por los principios morales y el tercero, mi profesor de juegos de barrio y compañero de fiestas juveniles.
Rolando era el segundo en la fila, el poeta, narrador, periodista, de espíritu bohemio y romántico hasta en la última célula de su cuerpo. Abogado de profesión y por sobre esa enumeración, el hermano desde joven motivado para que yo fuera una mujer de hondura intelectual, con un acento educativo diferente de la medianía. Una lectora rigurosa, como era él, una joven que no se quedara en las lecturas de la revista de modas.
Como fue un hombre serio, en serio tomó su vida y la decidió de acuerdo a sus inalterables principios. Su propósito, en mi caso, que fuera yo una persona de profunda esencia intelectual. Por varios años me regaló colecciones empastadas de los autores clásicos del mundo occidental, libros de autores orientales y mi preferida: Una colección de los autores árabes más importantes de la época cuando la Edad Media cerraba Europa. Los Romances árabes, los poemas de Hafiz y de Omar Khayyam. ¿Qué si le di la altura a lo que esperaba de mí? No fue posible, pretendía la excelencia y yo, digamos, me quedé entre los que “casi llego”, pero no lo logré.
Desde hace varios lustros, nos regalaba para Navidad un librito, empastado, impreso y de carátula diseñada por él, con la recopilación de cuentos y narraciones de personajes relacionados con pasajes navideños. En esos cuentos desfilan las estampas de ternura, del amor, de gestos de cariño entre cualquier relación humana. Especialmente, homenajes a los abuelos que enseñan a sus nietos el amor a la vida digna y al trabajo.
Extrañaré mucho a mi Cuentacuentos, porque ya no tendré con quién discutir, a quien rebelarme. Quien me hable razonablemente de mis humanos defectos. Ya no tendré al maestro, al hermano que me motivó para descubrir que leer es conocer otras vidas, otros ámbitos, para entenderse un poco a sí mismo.